Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle muy útil en Buenos Aires, me procuró inmediatamente una prebenda, una representación innecesaria pero bien pagada, ante diversas oficinas públicas que tenían asuntos con la provincia. Con esto podía manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no cometería locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores á mi elección, la prensa opositora me acusó más ó menos injustamente, de malversaciones, de «coimas» exigidas á los proveedores de la policía, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos de vigilantes «comidos», como se los comía don Sandalio Suárez, el comisario de Los Sunchos; cierto es—no tengo reparo en confesarlo, porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo,—cierto es que acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por darme mejor vida: todo aquello, como vino se fué, y á no ser por la especulación de mi chacra y otras emprendidas con platita de los bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el dinero, pero no por el dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa—porque la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es nada, tanto, que se ha llegado á hablar de la «libertad de morirse de hambre».—Desgraciadamente, las gangas á que más arriba me refiero, habían cesado, y en Buenos Aires no podía conquistarme otras nuevas mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me venía como anillo al dedo.

Para modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me había hospedado y alquilé una casita antigua en una calle central—tres ó cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,—la hice empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto—con ese gusto innato de la familia, que permite á uno de mis tíos hacer viajes á Europa con el beneficio de los muebles que compra allí y usa y revende aquí,—y me instalé como quien está dispuesto á llevar una vida seria y arreglada. Llamé á Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y completé el servicio con un cocinero y un sirviente que salía de una casa aristocrática, y que halló modo de robarme como á un pazguato. Y, ya en mi casa, en vez de correr cafés y «restaurants» y «rotisseries», me limité á mis clubs y círculos, y frecuenté mis relaciones, previo estudio de sus características, y fuí espiritual y escéptico en unas partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá, tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así logré que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi figura permanecía indecisa y enigmática, é inspiraba, cuando mucho, una especie de tibia curiosidad.

En esto, pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el mes de la apertura del Congreso en que iba á estrenarme. Ahorro la crónica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los salones y los pasillos de la vieja casa que parecía un reñidero de gallos en el recinto, y una carnicería para gigantes desde afuera, y llego á la defensa de mi diploma, que fué en un día desagradable, de humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ven en Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los ruidos me son más discordantes, más ensordecedores, los movimientos más difíciles, como dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes, los olores más intensos é ingratos, hasta nauseabundos, la luz falsa, engañosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables, provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonámbulas y todas parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentáneos pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento así, no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez de mi diploma.

Comencé vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me excitó, me irritó poco á poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada. Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy á decir: substituyo fácilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y efectistas, con imágenes á veces pintorescas, que subrayan muy bien mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese á las frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo á cautivar á los oyentes y aun á arrancarles el aplauso. Aquella tarde memorable, á las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas, cuando ya estaba en vena:

«¡Se me acusa de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en las altas funciones que me incumbían; no he movido un dedo para que se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos de los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado anárquico... Y si mi candidatura surgió en el último instante, una vez pacificada la provincia, gracias á mi humilde esfuerzo, cuando ya no era jefe político, sino comisionado eventual para mantener el orden, fué porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante de la opinión—que es, afortunadamente, la mayoría en mi provincia y en el país entero,—quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más modesto de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había realizado desinteresados y generosos—¡sí, generosos!—sacrificios en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni menos la incendiaria anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi persona sin relieve ni méritos, la playa de arena, mansa, que aplaca sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unión entre la ola devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.»

Ya con Pegaso desbocado agregué que á estas consideraciones de hecho se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y étnicas, que, haciéndome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vázquez), demostraban hasta la evidencia la bondad de mi elección:

«El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia—de una familia que ha dado héroes y mártires á la patria,—dondequiera que vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como su más genuino representante; y yo me encuentro aquí, en el seno de mi verdadera familia patricia, como un hijo pródigo quizá, pero afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse á los suyos... ¡Sí, señor Presidente! ¡Sí, señores diputados! ¿Sabéis cómo me llama la gentil Buenos Aires? ¿Sabéis cómo se me indica en todos los centros políticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... ¡El provinciano!... ¡El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin merecerlo, puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y qué, si no es esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones del país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de mis honorables colegas—no vacilo en llamarlos así, adelantándome á su justa sanción—puede invalidar este doble reconocimiento de mis comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital, síntesis del país?»

Alguien replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había demostrado mi carácter de... provinciano; y como la barra había aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se votó y pasé á prestar juramento.