—¿Ésas tenemos?—murmuró, adivinando.

—Sí.

Pagué la cuenta y salimos.

Eran las diez cuando entré en el palacio de Rozsahegy, la casa solariega de una vieja familia de próceres, que el advenedizo había comprado á fuerza de dinero para darse cierto barniz «ladrillezco» de aristocracia.

Había en el salón unas diez personas de clase muy mezclada: dos jóvenes «conocidos»—Ferrando y otro,—un político secundario, muy mercachifle, con ínfulas de influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope y tierna, figulina de Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de colores chillones y como infantiles, que me hacía una corte asidua é incondicional; una señorita extranjera, con aires de «demoiselle de compagnie» en reemplazo de su señora; un sabio europeo venido á estudiar no sé qué epizootia y á llevarse no sé cuántos pesos; el dueño de casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su idioma tan semejante al alemán como al castellano, y la linda Eulalia, que reunía en torno suyo á los dos elegantes, la muñequita de porcelana barnizada y la «demoiselle de compagnie», mientras que el gran Rozsahegy acaparaba al político, al banquero y á la germano-criolla, es decir la parte seria de la sociedad.

—¡Por fin sale usted del bosque!—exclamó Eulalia con la libertad de ideas de las niñas «de sociedad», acudiendo presurosa á recibirme, con gran disgusto de los dos gomosos.

—¿Del bosque, Eulalia, en pleno Buenos Aires?

—¿No dicen que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es un poquito oso, ¿no es verdad? ¡Vaya! Deje á los viejos que hablan de negocios y especulaciones sin ocuparse de los muchachos, y véngase con nosotros...

La alusión á la señora de la Selva había sido clara, pero ni me di por entendido, ni ella insistió, por buen gusto innato, aunque criada en un medio que no era cultivador de semejantes matices.

En el grupo juvenil, bullicioso, superficial y entrometido, me encontré molesto, porque no iba á mantener conversaciones generales: iba en busca de algo decisivo, y necesitaba hablar aparte con Eulalia. Buscaba el medio de alejarla del grupo, cuando Rozsahegy me hizo muy indirectamente el juego, llamándome.