—No viene á verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que estoy muriéndome de hambre en la capital, y he venido á verte cincuenta veces, por lo menos. ¡Así está mi última tarjeta, Mauricio!

Y viendo que su entrada en materia no me hacía maldita la gracia, cambió inmediatamente de tono, y añadió:

—Los años pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas. Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más abajo que el betún, precisamente, por falta de conducta. No acuso á nadie de ingratitud, sino á mí mismo de insensatez. He servido á muchos, pero por la dádiva, como las mujerzuelas que no recuerdan después á quiénes quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no menos trágicas «el traidor no es menester, siendo la traición pasada».

Su cara me decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, más que de las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro pícaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de provincia. Mi situación me obligaba á tratarlo de alto abajo; un resto de juventud me hizo acercarme á él, golpearle el hombro y preguntarle:

—¡Vamos! ¿qué quieres?

—¡Comer!—gritó con desesperación bufonesca.—¡Comer todos los días ó por lo menos tres veces por semana!

—Aquí come todo el mundo.

Con el índice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:

—¡Eso dicen todos los que comen!

—¿Qué haces?