De pronto, me encontré en la calle Carabelas. Entré en la fonda indicada. Pregunté, después de pedir un café, que resultó infame decocción de porotos, si estaba allí don Mauricio...
—¿Qué don Mauricio?
—Rivas. Un jovencito que viene á comer.
—¿Uno que escribe «sobre» los diarios?
—Ése.
—Todavía no vino.
Esperé, domando los nervios.
Por fin, vi acercarse un jovencito que debía parecerse á mí, cuando hacía mis primeras armas en Los Sunchos. Llamé al mozo.
—¿Es ése?