—¡Vamos á llegar muy tarde!—exclamó de pronto tatita.—Cortemos campo.
—¡Cortemos!—contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección á Los Sunchos, sin abandonar el galope.
El camino daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en la época de las lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una tercera parte tomando la línea recta, la cuerda, como si dijéramos, pero el trayecto no era muy cómodo, porque el campo, cubierto de grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tenía, además, vastos limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la pálida mancha de estos rompecabezas basta para advertir del peligro á un jinete experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta un caballo «vaqueano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto campero.
Me adelanté, pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura que evitaba matorrales y viscacheras atento á todos los detalles, moviendo sin descanso las orejas, y habría galopado un cuarto de hora, cuando me pareció oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuché. No oí nada más, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado, dura entonces por la sequía como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba aquello? Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás á rienda suelta. Nada veía, nada oía. Mi caballo dió de repente una terrible espantada junto á una viscachera, y echó á disparar pesando violentamente sobre el freno. Á duras penas logré contenerlo, y, acariciándolo le obligué á volver al paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo! Primero entreví, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco más lejos estaba tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tiré del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el corazón parecía no latir...
Volví la vista á todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado no pasaba nadie, sobre todo á aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar á tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tenía á mi alcance para tratar de hacerlo volver en sí? No había otro partido que tomar. Lo recosté lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía, y, convencido de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la más desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían á la distancia.
Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo, de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que podía significarle la pérdida de una crecida suma de dinero, tatita se había distraído, confiando en el instinto del viejo caballo, que conocía perfectamente el campo en muchas leguas á la redonda. Pero el zaino habría tenido también su momento de distracción, bastante para meter las manos en una cueva de viscacha, «bolearse» y proyectar á su jinete á varios metros de distancia. El pobre tatita debió dar con la cabeza en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... ¿Estaría muerto? ¡No! Semejante fin no era el de un hombre como él. Una simple «rodada» no acaba con los gauchos de su temple. ¡No! Cuando mucho, sufriría un largo desmayo y la herida sería fácil de curar... La primera juventud se rebela contra la idea de la muerte.
Volví con gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo, mientras un hombre corría á avisar al médico y á buscar un coche. Yo esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto á emprender la marcha; pero seguía inerte, tibio aún, y no fué posible hacerle tragar una gota de la ginebra llevada á prevención. El doctor Merino, que llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el fallecimiento.
No omitiré aquí un episodio que, pese á las circunstancias trágicas, me ocupó un instante, produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno de los paisanos que me habían acompañado, oyendo que el zaino de tatita resollaba y se quejaba casi como una persona, se acercó á examinarlo.
—Tiene las dos patas quebradas—dijo.—Hay que despenarlo.