En fin, cuando se lanzó mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno, pocos días antes de las elecciones, mi designación sorprendió á muy poca gente: estaba en el aire, sembrada esporádicamente por don Higinio, de la Espada y los demás amigos. La única persona que se sorprendió y se asustó fué mamita. En cuanto supo mi proclamación, aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su misticismo iconólatra, empezó á encender velas ante una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo hacía para que saliera ó no saliera diputado... Sospecho lo último.

La elección fué canónica, porque en Los Sunchos, como en todas partes, las urnas estaban vedadas á los opositores que, desde tiempo inmemorial se limitaban á protestar las elecciones ante escribano público, sin más resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no lo utilizará jamás. Mauricio Gómez Herrera resultó diputado, como se proclamó aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo, entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de la charanga municipal. En el comité hubo fiesta que se continuó en el club, donde se destaparon algunas botellas de champaña é innumerables de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los líquidos.

Muy tarde, casi á la madrugada, me vi por fin libre de las amables impertinencias del triunfo. Muchos me acompañaron hasta la puerta de la casa, pero, adentro ya, no sé por qué se me ocurrió que Teresa estaría en la huerta, pese á la hora intempestiva, como una esposa abnegada que aguarda al marido calavera. Y, en la satisfacción de la victoria, que ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz. Esperé á que mis acompañantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran lejos, atravesé la calle y entré en la huerta, casi seguro de no encontrar á nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor propio... Pero allí estaba la muchacha, agitada y nerviosa.

—Ya creí que no vendríaz—me dijo con su voz cantante.—El zeñor diputado ze hace decear... Tenéz razón... ¡Lo único que ziento ez que ahora te me iraz!...

—Me iré... Me iré; pero volveré á cada rato. ¡Estamos tan cerca de la ciudad!

Me había echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes é innumerables.

—¿Vendraz á menudo?—preguntó, mimosa.

—Cuantas veces pueda.

—¡Sí! Ez preciso que vengaz—y recalcó exageradamente el «es preciso».—No zé todavía... Pero me parece que tengo que decirte... una coza...