Noté en él cierta emoción. Temía, probablemente, encontrarse con la negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo hacía vacilar, como después de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia sentimental.
—¿Te casarás inmediatamente?
—En cuanto sea posible.
—¿Me das tu palabra?
—Sí.
—¡Bueno!—y me estrechó la mano, con lágrimas en los ojos.—Entonces mañana mismo nos iremos á Los Sunchos.
—¡Eso no puede ser, don Higinio! ¿En qué piensa? ¡Sería más que una locura, una verdadera traición! En este puesto y en estas circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar...
—Sí, pero, ¿y el honor de Teresa, y el mío? Te repito que la cosa urge, que el escándalo va á venir, ¡y que yo eso no lo tolero!
Se había puesto rojo, reconquistando su cabeza de león... Yo acababa de tocar disimuladamente la campanilla eléctrica... El comisario de órdenes entró en el despacho. Le hice seña de que esperase, y dirigiéndome á Rivas: