—¿Cómo así? ¡Qué disparate!—protesté.
—No dejan de tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo, que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su extensión.
—Ni aunque así fuera—objeté.—Siempre faltaría saber si el derecho de propiedad no es anterior á ese plano.
—La escritura es posterior—dijo don Sócrates.—Yo mismo he comparado las fechas. Y lo que «embarra» más las cosas, es que se trata de terrenos vendidos por la misma Municipalidad.
—¿Con obligación de abrir las calles?
—Eso cae de su peso. Además, ahí está el plano.
—Habría que ver la escritura, que seguramente no habla de las calles... Y, en último caso, no sé á qué viene ese plano en los archivos... Allí no hace falta.
Y buscando los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda la dialéctica de que era capaz, les insinué que les daría una amplia participación en el negocio, si eran bastante «gauchos» para allanar esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como riéndose de mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido á hablarles claro, comenzaron á debatir la cuestión á cartas vistas, con tanta libertad como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma, que me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para Miró, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo, cuyos votos había que conquistar. Accedí á todo, que no era mucho, en la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba terrenos casi sin valor, que ellos me retribuían con dinero, ajeno si se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba á pagarme á elevado precio la superficie de las calles que duplicarían, precisamente, el valor de mis solares.
Tuve que vencer otra resistencia más grande: la de mamita, que no quería por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que se sacara á la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quería conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda modificación le parecía un crimen.
—¡Pero si todo es tuyo!—exclamaba.—Espérate á que me muera, y lo tendrás, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para tirarlo á la calle. ¡Fernando no hubiera vendido ni dividido jamás la chacra!...