Nadie criticó, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me dejara en el puesto que tan brillantemente desempeñaba—como decía de la Espada cada vez que mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.

Mi herida era ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que se festejó muchísimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del Progreso vino á resultar en mi honor. Tratando de igualarse á Buenos Aires, orgullosa entonces del suyo, no había en el país ciudad, pueblo ni aldea que no tuviese ó pensase tener su Club del Progreso, siquiera en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepción, patrimonio del partido del Gobierno, con abstención generalmente voluntaria, á veces forzosa, de los opositores.

En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fuí héroe único, gracias á mi renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco, la novia de Vázquez. Éste que, á fuer de padrino primerizo estaba encantado con el duelo, como con la realización de algo novelesco que sólo puede verse en los libros ó en el teatro, había contado ponderativamente á la joven mi valerosa y tranquila actitud antes del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando pedí noblemente excusas á mi adversario. María estaba encantada de bailar y de conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.

Yo la conocía mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella. Salíamos, con Vázquez, ó con otros camaradas, muchas tardes en victoria descubierta, á correr las calles empedradas, exhibiéndonos á la admiración de las muchachas, que se exhibían á su vez en ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se iban á la «estancia», paseaban á caballo días enteros, para ver y hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias han sido siempre ridículas para quien las mira de afuera, ¡pero cuán interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje de la cacería de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la tertulia ó la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck, ¡instinto invencible que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al viejo!

En estas andanzas conocí de vista á María Blanco, que desde un principio me pareció una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque siguiera la costumbre de la exhibición, que nadie tomaba á mal, por otra parte, incorporada como estaba á nuestra vida. Era una joven alta, rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus ojos azules tenían pestañas y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y profunda y los hacía, á veces, parecer negros también. Su conversación, según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un carácter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más tarde, con igual ó mayor intensidad.

—¿Si será ésta la mujer que me está destinada?—llegué á preguntarme entonces, casi instintivamente.

Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su amabilidad—su bondad, sin duda,—y de su nombre, uno de los más preclaros de la provincia, donde su familia desempeñaba gran papel, pese á cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente antimatrimoniales. ¡Sí! con una mujer así, bien podía casarme, porque, aun sin el dinero, su aporte á la sociedad conyugal sería importantísimo. Una alianza con los Blanco podría resultarme altamente provechosa, porque tenían positiva influencia en la provincia y eran de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros dos apellidos, vinculándonos á lo más granado de la República entera—ella con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,—crearían todo un nuevo título á la consideración social y política. Me detuve un poco en estas ideas, viendo que Vázquez perdía terreno aquella noche, más que todo por su culpa, pues, ¿quién le mandó entonar mis alabanzas ante una niña de espíritu algo romántico, prendada de lo caballeresco?... Y como el padre de María, don Evaristo, me ofreciera su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como un relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro. Ya veríamos más tarde... Pero desde entonces visité á los Blanco con asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.

Entretanto, Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran Elector, llegó á ser diputado por Los Sunchos.

La elección pasó sin tropiezo, porque yo mismo fuí á arreglar las cosas, con autorización del gobernador Benavides, dejando así bien demarcada mi acción en este asunto, que Vázquez creyó siempre debido á mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que él se había soñado gracias á mis sugestiones. Lejos de ser el «leader» de la Cámara, nadie le hacía caso ó poco menos. No estaba la provincia para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes. Allí se debía gobernar y legislar «á lo que te criaste», sin meterse en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, á comisión, para dormir el sueño de los justos, pese á sus reclamaciones, y en cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, á la patria, y para que le hicieran una zancadilla que lo echara á rodar fuera de la Legislatura. Hasta le enrostraron su elección, hecha entre gallos y media noche, ellos que también eran representantes del pueblo por arte de encantamento, diciéndole, no sin razón, que aquello no estaba muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y á ruego mío, el gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar tranquilo al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por generosidad de alma, sino porque realmente lo creía de buena política. Aunque me convenía que conservara un puesto que yo podía considerar feudo mío, y reclamarle en un momento dado—sin temor de que se negase á restituírmelo,—no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener á Vázquez; por el contrario, desde que conocí á María Blanco, sentí contra él y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba á hablar desdeñosamente de sus méritos, de su inteligencia y de su utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco, un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y que, cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador lírico, en revolucionario de «ñanga-pichanga».

Cuando llegaban á sus oídos estas mis apreciaciones, ó no las creía ó no le importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno. Lo que le importaba era cierta visible distinción, casi predilección, que María Blanco me demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era demasiado orgulloso para dejar ver á las claras su despecho. Cuando nos encontrábamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y él no parecía muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos paseos y comidas selectas, conversábamos un rato, pero jamás hizo alusión á María, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no existiese en realidad. Pero se le veía más reconcentrado y melancólico que antes, y pasó por una crisis de inercia en la Legislatura, á cuyas sesiones asistía apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su despecho sólo se manifestó una vez, y eso indirectamente.