Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.

Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí, insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación. Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de mis amigos, diputado y ex redactor de Los Tiempos, Ulises Cabral, mi padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.

Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya «persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción. Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha, que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable, porque Camino no abandonaría el puesto así como así.

Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de «entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de un cuatrero sorprendido infraganti.

—Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía—le dije con gravedad.

—Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».

—No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y sería lo mismo.

—Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.

—¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es un tigre! Nos haría falta en un momento dado.

—Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta gritería.