—Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es que ya no está al tanto de todo...

Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar conmigo.

—Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.

No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que «si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo, haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de «pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no estaba ya en predicamento.

Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de posesionarse del mando.

Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme. Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad presidencial.

No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.

—Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará—le dijo Vázquez.

—¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el vicegobernador.

—Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...