No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le hubiese parecido excesiva.

¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando) robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella; conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.

María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente de todo lo ocurrido.

Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás. La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía! ¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era, con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»... Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me contenté con escribir un largo artículo necrológico para Los Tiempos que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi amigo el galleguito Miguel de la Espada.

¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes, es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón. Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.

De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los autores dramáticos acotan «con intención»:

—Bien se lo ha ganado, el pobre.

Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía, preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi vida, cuando recibí esta carta:

«Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón. ¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo—y son sus últimas palabras:—Cuídalo bien.—¿Para qué te escribo esta carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya, ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un hombrecito!»...

Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía? Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio, al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?