Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor cuantía, salieron cada cual por su lado á dar alboradas á las personas de viso, á las puertas de su casa, con la esperanza generalmente fallida de hacer buena cosecha de centavos para la mañanita ó la chiquita, las copas de la tarde, y la farra de la noche.

El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros. ¡Qué invierno aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro Urquiza, payador ó mandadero según las circunstancias, cantara á la puerta del municipal Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de guitarra.

¡Qué bello día de primavera!
¡Qué panorama consolador!

Se quedó sin centavos, á pesar de la ardiente fantasía que primaveraba el invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél. Porque Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía paradero de caravanas en un arenal.

Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como una gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían estarse quietos y á los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas mayorcitas no quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de disfrazar el vestido del 25 de Mayo, obra que les había absorbido toda la semana.

Sólo cuatro ó cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo,) estaban libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo corazón femenino provocan las inevitables tardanzas de la costurera.

La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con grabados. La Pampa, el diario popular, cuyo programa era la redención de Pago Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecha por un litógrafo de último orden, é impresa en Buenos Aires sobre papel de oficio. Una gorda matrona con bonete puntiagudo y ámplias ropas de hojalata, alzaba en el rollizo brazo un destrozado cadenón de buque, sostenía en la diestra la histórica balanza de Bermúdez—que en tiempo de los indios tuvo hilos para manejarla á capricho y estafarlos á gusto y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza, oprimía una bestia apocalíptica, erizadas de púas en el cogote, y de ojos casi más grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y en el aire, bailaban cuadrillas unos doce ó catorce muñecos, que según por el texto del diario se supo, quería representar á los próceres de la patria.

La alegoría, (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba esta leyenda.

Y á sus plantas rendido un león

El Dr. Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera, Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la palabra «león», y puso debajo «ratón».