La forza d’un bel viso a che mi sprona!
C’altro non è c’al mondo mi diletti
[318]...

“La fuerza de un rostro hermoso es para mí un gran estímulo
y no hay nada en el mundo que me produzca tanto deleite”.

Para este creador de formas admirables, que era al mismo tiempo un gran creyente, un hermoso cuerpo era divino, un hermoso cuerpo era como Dios mismo, apareciendo bajo el velo de la carne. Como Moisés frente a la zarza ardiente, Miguel Ángel se aproximaba tembloroso. El objeto de su adoración era verdaderamente para él, como decía, un Ídolo. Se prosternaba a sus pies, y esta humillación voluntaria del gran hombre, penosa para el mismo Cavalieri, era tanto más extraña cuanto que con frecuencia el ídolo de bello rostro tenía un alma vulgar y despreciable como Febo di Poggio. Pero Miguel Ángel no veía nada... ¿No veía en verdad?—no quería ver nada;—en su corazón era donde modelaba la estatua apenas esbozada.

El más antiguo de sus amantes ideales, de sus ensueños vivientes, fué Gherardo Perini, por el año de 1522[319]. Miguel Ángel se enamoró de Febo di Poggio en 1533, y de Cecchino dei Bracci en 1544[320]. Su amistad para Cavalieri no fué pues exclusiva y única, pero fué durable y alcanzó un grado de exaltación, justificada, hasta cierto punto, no solamente por la belleza sino por la nobleza moral de su amigo.

Dice Vasari: “Por encima de todos, sin comparación, amó a Tommaso dei Cavalieri, gentilhombre romano, joven y apasionado por el arte; hizo de él un retrato de tamaño natural, el único retrato que dibujó, porque tenía horror de copiar a una persona viva a menos que no fuese de una incomparable belleza”.

Varchi agrega:

“Cuando vi en Roma a Messer Tommaso Cavalieri, tenía no solamente una incomparable belleza, sino maneras tan agraciadas, un espíritu tan distinguido y una conducta tan noble que bien merecía ser amado mientras más se le conocía”[321].

Miguel Ángel lo conoció en Roma en el otoño de 1532. La primera carta que Cavalieri escribió contestando a las declaraciones inflamadas de Miguel Ángel, está llena de dignidad:

“He recibido una carta vuestra que me ha sido tanto más grata cuanto era inesperada; digo inesperada, porque no me juzgo digno de que un hombre como vos me escriba. En cuanto a lo que decís en mi alabanza y de mis trabajos, por los cuales me aseguráis una simpatía no pequeña, os respondo que no son de naturaleza tal para que un hombre de genio como el vuestro, como no existe otro sobre la tierra, ya no digo igual, pero ni siquiera aproximado, escriba a un joven que principia apenas y que es tan ignorante. Yo no creo que me mintáis, pero sí creo, estoy seguro, de que el afecto que me tenéis no tiene otra causa más que el amor que un hombre como vos debe necesariamente tener para los que se consagran al arte y lo aman. Yo soy de éstos, y en este punto no cedo a nadie. Os devuelvo vuestro afecto, lo prometo; nunca he estimado a un hombre tanto como a vos, nunca he deseado una amistad tanto como la vuestra. Os suplico que me tengáis por vuestro servidor, cuando sea oportuno, y me recomiendo eternamente a vos. Vuestro muy adicto, Tommaso Cavalieri”[322].