El intratable anciano no admitía bajo ningún pretexto que se ocuparan de él. Era un tormento continuo para sus amigos saber que estaba solo, con peligro de un nuevo ataque, con criados negligentes y poco escrupulosos.
El heredero Lionardo había recibido antes tan ásperas demostraciones, cuando había querido ir a Roma por enterarse de la salud de su tío, que no se atrevía a presentarse. En julio de 1563, le mandó preguntar por conducto de Daniel de Volterra si le sería agradable verlo; y para prevenir las sospechas que su viaje hubiera podido inspirar al espíritu desconfiado de Miguel Ángel, le mandó agregar que sus negocios iban bien, que era rico y que no tenía necesidad de nada. El malicioso viejo le mandó responder que puesto que era así, él se complacía y daría a los pobres sus escasos bienes.
Un mes más tarde, Lionardo, poco satisfecho por la respuesta, volvió a la carga y le mandó expresar las inquietudes que sentía respecto a su salud y a las personas que lo rodeaban. Entonces Miguel Ángel le contestó con una carta furibunda, que demuestra la sorprendente vitalidad de este hombre a los ochenta y ocho años, seis meses antes de su muerte:
“Veo por tu carta que concedes crédito a ciertos pillos envidiosos, que porque no pueden robarme ni hacer de mí lo que quieren, escriben un montón de mentiras. Todos ellos son unos bellacos, y tú eres tan tonto que los crees, en lo que se refiere a mis negocios, como si yo fuera un niño. Mándalos a pasear; son gentes que no dan más que disgustos, que sólo son envidiosos y que viven como truhanes.
“Me escribes que sufro por la servidumbre, y yo te digo que en lo que concierne al servicio no podría estar servido más fielmente ni mejor tratado en todos sentidos. En cuanto a los temores de robo que indicas, te digo que las gentes que están en mi casa son tales que me permiten vivir en paz y tener confianza en ellos. Así pues, piensa en ti mismo y no pienses en mis asuntos; porque yo sé defenderme en caso de necesidad; no soy un niño. Deseo que estés bien”[499].
Lionardo no era el único que se inquietaba por la herencia. Toda Italia era la heredera de Miguel Ángel, sobre todo el duque de Toscana y el Papa, a quienes importaba no perder los dibujos y los planos relativos a la construcción de San Lorenzo y de San Pedro. En junio de 1563, por instigación de Vasari, el duque Cosme encargó a su Embajador Averardo Serristori, gestionara secretamente con el Papa que en vista del debilitamiento físico de Miguel Ángel se ejerciera una vigilancia atenta sobre sus criados y sobre todos los que frecuentaban su casa. En caso de muerte súbita se debía formar inmediatamente inventario de todos sus bienes: dibujos, cartones, papeles, dinero, y vigilar para que nada se perdiera en el primer desorden. A este efecto se tomaron precauciones. Es inútil decir que se procuró cuidadosamente que Miguel Ángel no supiera nada[500]. Estas precauciones no fueron inútiles. La hora había llegado.
La última carta de Miguel Ángel es del 28 de diciembre de 1563. Desde hacía un año no escribía él mismo, sino que dictaba y firmaba; Daniel de Volterra llevaba la correspondencia.
No dejaba de trabajar. El 12 de febrero de 1564 pasó todo el día de pie trabajando en la Pietà[501]. El 14 tuvo fiebre. Tiberio Calcagni fué avisado, acudió, y no lo encontró en su casa. A pesar de la lluvia había salido a pasearse a pie en la Campagna. Cuando volvió, Calcagni le dijo que aquello no era razonable, que no debió haber salido con semejante tiempo.
“¡Qué quieres!, respondió Miguel Ángel, estoy enfermo y no puedo encontrar reposo en ninguna parte”.