[17] Ella no tuvo empacho, después, en aprovechar el antiguo amor de Beethoven en favor de su marido. Beethoven ayudó a Gallenberg. “Era mi enemigo, y justamente por esa razón le hice todo el bien que pude”, decía a Schindler en uno de sus cuadernos de conversación de 1821. Pero después la despreció: “Cuando llegué a Viena, escribía en francés, ella me fué a ver, llorando; pero yo la desprecié”.
[18] 6 de octubre de 1802. (Nohl, XXVI). Véase en el Apéndice.
[19] “Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella nos puede hacer felices, y no el dinero. Hablo por experiencia. Sólo ella me ha sostenido en la miseria y a ella debo, tanto como a mi arte, no haber terminado mi vida en el suicidio”. Y en otra carta del 2 de mayo de 1810, a Wegeler: “Si no hubiese yo leído en alguna parte que el hombre no debe separarse voluntariamente de la vida, por todo el tiempo en que aún pueda realizar una buena acción, hace ya mucho tiempo que yo no existiría, y sin duda por mi propia voluntad”.
[20] A Wegeler. (Nohl, XVIII).
[21] La miniatura de Hornemann, que es de 1802 muestra a Beethoven a la moda de la época, con patillas, el cabello cortado a la Tito, el aire fatal de un héroe byroniano; pero con la tensión de voluntad napoleónica que no cede nunca.
[22] Se sabe que la Sinfonía Heroica fué escrita sobre Bonaparte y para él, y que el primer manuscrito lleva aún el título: Buonaparte. Entretanto Beethoven tuvo noticia del coronamiento de Napoleón, y entró en furor: “¡No es más que un hombre ordinario”, clamó, y en su indignación hizo pedazos la dedicatoria y escribió este título vengador y conmovedor a la vez: “Sinfonía Heroica... para celebrar el recuerdo de un gran hombre”. (Sinfonía eroica... composta per festeggiare il sovvenire di un grand' uomo.) Schindler cuenta que después se calmó un poco su desprecio hacia Napoleón; no vió ya en él más que un desventurado digno de compasión, un Ícaro precipitado del cielo. Cuando supo la catástrofe de Santa Elena, en 1821, dijo: “Hace diecisiete años que yo escribí la música que conviene a este triste suceso”. Se complacía en reconocer en la Marcha Fúnebre de su Sinfonía un presentimiento del fin trágico del conquistador. Es, pues, muy probable que la Sinfonía Heroica, y sobre todo su primer trozo, era en el pensamiento de Beethoven una especie de Bonaparte, muy diferente del modelo, sin duda; pero tal como lo imaginaba y como lo habría querido: el genio de la revolución. Beethoven repite, por otra parte, en el final de la Heroica, una de las frases principales de la partitura que ya había escrito para el héroe revolucionario por excelencia, el dios de la libertad: Prometeo (1801).
[23] Roberto de Keudell, exembajador de Alemania en Roma: Bismarck y su familia, 1901, traducción francesa de E. B. Lang. Roberto de Keudell tocó esta sonata a Bismarck, en un mal piano, el 30 de octubre de 1870, en Versalles. Bismarck decía de la primera frase de la obra: “Son estas las luchas y los sollozos de toda una vida”. Prefería a Beethoven entre los músicos y más de una vez afirmó: “Beethoven es quien mejor conviene a mis nervios”.
[24] La casa de Beethoven estaba cerca de las fortificaciones de Viena, que Napoleón quiso derribar después de la toma de la ciudad. “¡Qué vida salvaje, qué de ruinas en torno mío!—escribe Beethoven a los editores Breitkopf y Haertel, el 26 de junio de 1809:—sólo tambores, trompetas, miserias de todas clases!”
Ha llegado hasta nosotros un retrato de Beethoven, de esta época, hecho por un francés que lo vió en Viena, en 1809: el barón de Trémont, auditor del Consejo de Estado. Hace una descripción pintoresca del desorden que reinaba en la habitación de Beethoven. Charlaron de filosofía, de religión, de política, “y sobre todo de Shakespeare, su ídolo”. Beethoven se mostraba muy dispuesto a seguir a Trémont a París, cuyo Conservatorio sabía que ejecutaba sus sinfonías y donde tenía admiradores entusiastas. (Véase en el Mercure musical de 1.º de mayo de 1906, Une visite a Beethoven, por el barón de Trémont, publicada por J. Chantavoine).
[25] O más exactamente Teresa Brunsvik. Beethoven había conocido a los Brunsvik en Viena, entre 1796 y 1799. Giulietta Guicciardi era prima de Teresa. Beethoven parece que también se enamoró, durante algún tiempo, de una hermana de Teresa, Josefina, que casó con el conde Deym y en segundas nupcias con el barón Stackelberg. Se encontrarán los detalles más vivos sobre la familia Brunsvik en un artículo de Andrés de Hevesy: Beethoven et l’immortelle Bien-aimée. (Revue de Paris, 1.º de mayo y 15 de marzo de 1910). Hevesy utilizó para este estudio las memorias manuscritas y los papeles de Teresa, conservados en Mártonvásár, Hungría. Al mostrar la afectuosa intimidad de Beethoven con los Brunsvik trae a discusión su amor a Teresa; pero sus argumentos no parecen convincentes, y me reservo a discutirlos algún día.