Decía Turguenef que nunca había sentido nada más penoso que esta mirada aguda que, junto con dos o tres palabras de alguna observación corrosiva, era capaz de despertar el furor[584].

Escenas violentas se suscitaron, desde sus primeros encuentros, entre Tolstoi y Turguenef[585]. De lejos, ambos se tranquilizaban y trataban de hacerse justicia. El tiempo no hizo sino agravar la repulsión que sentía Tolstoi hacia aquel medio literario, pues no podía perdonarles a estos artistas la mezcolanza de sus vidas depravadas y de sus pretensiones morales.

Adquirí la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malos, sin carácter, muy inferiores a cuantos había conocido en mi vida de bohemia militar. Y en cambio, estaban tan seguros y contentos de ellos mismos, como lo puedan estar quienes en verdad sean santos. Me desagradaron[586].

Se separó de ellos; y sin embargo, por algún tiempo conservó su fe interesada en el arte[587], porque se sentía halagado su orgullo, y era, además, una religión pingüemente retribuida, que “procuraba mujeres, dinero y gloria...”.

De esta religión yo era uno de los pontífices. Situación agradable y muy ventajosa...

Para mejor consagrarse a ella, presentó su dimisión en el ejército (en noviembre de 1856). Mas un hombre de su temple no podía cerrar los ojos por largo tiempo. Creía, deseaba creer en el progreso. Le parecía que “esta palabra significaba algo”. Un viaje por el extranjero (del 29 de enero al 30 de julio de 1857), por Francia, Suiza y Alemania, derribó esta fe. En París, el 6 de abril de 1857, el espectáculo de la ejecución de un hombre “le mostró lo vano de la superstición del progreso...”.

Cuando vi desprenderse la cabeza del cuerpo y caer en el cesto, comprendí, con todas las fuerzas de mi alma, que ninguna teoría acerca de la razón del orden existente podía justificar semejante acto. Aun cuando todos los hombres del universo, apoyándose en alguna teoría, encontrasen esto necesario, yo sostendría que está mal, “porque no es lo que dicen o hacen los hombres lo que decide entre lo bueno y lo malo, sino mi corazón[588].

El 7 de julio de 1857, en Lucerna, el espectáculo de un pequeño cantador ambulante, a quien unos ricos ingleses, huéspedes de Schweizerhof, rehusaban dar una limosna, le hizo escribir en su Diario del Príncipe D. Nekhludov[589], su desprecio hacia todas las ilusiones caras a los liberales, esas gentes que “trazan líneas imaginarias sobre los mares del bien y del mal...”.

Para ellos la civilización es el bien; la barbarie, el mal; la libertad el bien, y la esclavitud el mal. Y este conocimiento imaginario destruye las necesidades instintivas, primordiales, las mejores. Mas ¿quién me definirá qué es la libertad, qué es el despotismo, qué es la civilización, qué es la barbarie? ¿Dónde, pues, no coexisten el bien y el mal? En nosotros hay solamente un guía infalible, el Espíritu universal, que nos empuja a unirnos los unos a los otros.

De regreso en Rusia, en Yasnaia, nuevamente se ocupa de ayudar a los campesinos. Y no era que se hiciese ilusiones sobre el pueblo. Escribía: