Otra cosa fué cuando a la pedagogía sucedió la religión; y tan hostil fué la acogida que tuvo en la condesa que a las primeras confidencias del nuevo convertido, Tolstoi tuvo necesidad de excusarse, cuando hablaba de Dios en sus cartas:

No te disgustes, como ocurre a las veces, cuando menciono a Dios, ya que no puedo evitarlo porque es la base misma de mi pensamiento[681].

La condesa se conmueve, sin duda, y trata de disimular su impaciencia; pero no comprende nada y observa a su marido con inquietud:

Sus ojos son extraños, fijos; no habla casi nada; parece que no pertenece ya a este mundo[682].

Piensa que está enfermo:

León trabaja siempre, como él dice. ¡Bueno! Escribe cualesquiera discusiones religiosas; lee y reflexiona, hasta dolerle la cabeza, y todo para demostrar que la Iglesia no está de acuerdo con la doctrina del Evangelio. Apenas si en Rusia se encontrará a una docena de personas a quienes eso pueda interesar; pero nada es posible hacer, y no deseo sino una cosa: que termine lo más pronto y que todo pase como una enfermedad[683].

La enfermedad no pasó, y la situación se hizo cada día más penosa entre los dos esposos. Se amaban; tenían, el uno por el otro, una estimación profunda; pero era para ellos imposible comprenderse. Trataban de hacerse mutuas concesiones, que llegaban a ser, como ocurre generalmente, mutuos tormentos. Tolstoi se impuso la obligación de seguir a los suyos a Moscú, y escribió entonces en su Diario:

El mes ha sido el más penoso de mi vida, por la instalación en Moscú. Todos se instalan. ¿Cuándo comenzarán, pues, a vivir? ¡Y todo esto, no para vivir, sino porque las demás gentes hacen lo mismo! ¡Desventurados!...[684].

En estos mismos días escribía la condesa: