Al menos, ya no estaré sola. Él también será un asesino. ¡Qué sepa lo que es eso!
Nikita aplasta al niño entre dos leños. En medio de su crimen, huye espantado, amenaza de muerte a Anisia y a su madre, solloza, suplica:
¡Mamacita, ya no puedo más!
Cree oír que el niño asesinado grita.
¿Dónde salvarme?...
Es ésta una escena de Shakespeare. Menos salvaje y más angustiosa todavía es la variante del acto IV, el diálogo de la muchacha y del viejo criado, que solos en la casa, en la noche, oyen, adivinan el crimen que se consuma afuera.
Al fin, la expiación voluntaria. Nikita, acompañado de su padre, el viejo Akim, se presenta descalzo, en una boda; se arrodilla, pide perdón a todos, se acusa de todos sus crímenes. El viejo Akim lo alienta, lo mira con una extática sonrisa de dolor:
¡Dios! ¡Oh, he aquí a Dios!
Lo que da al drama un sabor de arte muy especial es el lenguaje campesino.
“He despojado mis cuadernos de apuntes de sus notas para escribir El Poder de las Tinieblas”, decía Tolstoi a Paul Boyer.