El pueblo ruso ha observado siempre, con respecto al poder, una actitud muy distinta que los otros pueblos europeos. Nunca ha entrado en lucha con el poder, y nunca, principalmente, ha participado en él. Por consecuencia, no ha podido mancharse con él; lo ha considerado como un mal que se puede evitar. Una antigua leyenda representa a los rusos haciendo un llamamiento a los “variagues” para que vinieran a gobernarlos. La mayoría del pueblo ruso ha preferido siempre soportar los actos de violencia que contestarlos violentamente o ser cómplice de ellos. Se ha sometido siempre...

Sumisión voluntaria, que ninguna relación tiene con la obediencia servil[775].

El verdadero cristiano puede someterse, hasta le es imposible no someterse sin lucha a toda violencia; pero no podrá obedecerla, es decir, reconocer en ella legitimidad[776].

En el momento en que Tolstoi escribía estas líneas, se encontraba bajo la emoción de uno de los más trágicos ejemplos de esta no-resistencia heroica de un pueblo, la sangrienta manifestación del 22 de enero de 1905, en San Petersburgo, en la cual una multitud desarmada, conducida por el “pope” Gapon, se dejó fusilar, sin un grito de odio, sin un gesto de defensa.

Desde hacía largo tiempo, en Rusia, los viejos creyentes, a quienes se llamaba sectarios, practicaban obstinadamente y a pesar de las persecuciones, la no-obediencia al Estado y rehusaban reconocer la legitimidad del poder[777]. Con lo absurdo de la guerra ruso-japonesa, no tuvo este estado de espíritu dificultad para propagarse entre el pueblo de los campos. Las negativas para el servicio militar se multiplicaron, y mientras más cruelmente fueron reprimidas, más aumentó la rebeldía en el fondo de los corazones. Por otra parte, provincias, razas enteras, que no conocían a Tolstoi, habían dado el ejemplo de una negativa absoluta y pasiva de obediencia al Estado: los “dukhobors” del Cáucaso, desde 1898; los georgianos de la Guría, hacia 1905. Menos acción tuvo Tolstoi sobre estos movimientos, que la que ellos tuvieron sobre él; y el interés de sus escritos está precisamente en que, a despecho de lo que han pretendido los escritores del partido de la revolución, como Gorki[778], él encarnó la voz del viejo pueblo ruso.

La actitud que guardó con respecto a los hombres que ponían en práctica, con peligro de sus vidas, los principios que él profesaba[779], fué muy modesta y muy digna. No pretendió presentarse como maestro que enseña ni ante los “dukhobors” y los “gurianos”, ni ante los soldados refractarios.

Aquél que no soporta ninguna prueba no puede enseñar nada a quien sí sabe soportarlas[780].

Imploró “el perdón de todos aquéllos a quienes sus palabras o sus escritos pudieron conducir al dolor”[781]. Nunca arrastró a nadie a rechazar el servicio militar, porque en esto toca a cada cual decidir por sí mismo. Si tropezó con alguno que vacilara “le aconsejó siempre entrar al servicio y no rehusar la obediencia, en tanto que esto no le fuera moralmente imposible”; porque si se vacila, es que no se ha alcanzado la madurez, y, “más vale que haya un soldado más y no un hipócrita o un renegado, que es el caso de quienes emprenden obras que están por encima de sus fuerzas”[782]. Desconfió de la resolución del refractario Gontcharenko; temía “que este joven hubiera sido arrastrado más bien por el amor propio y por la vanagloria que por el amor de Dios”[783]. A los “dukhobors” escribía que no persistieran en su resistencia a la obediencia, por orgullo y por respeto humanos; pero, “si son de ello capaces, que libren de los sufrimientos a sus débiles mujeres y a sus hijos. Nadie los condenará por esto”. No debían obstinarse, salvo el caso “que el espíritu de Cristo hubiese llegado a ellos, porque entonces serían felices de sufrir”[784]. Y en todo caso, suplicaba a aquéllos que se hacían perseguir, “no rompiesen, por ningún precio, sus relaciones afectuosas con quienes los perseguían”[785]. Es necesario, como dice en una hermosa carta a un amigo, amar a Herodes:

Decís: “No es posible amar a Herodes”. Lo ignoro, pero reconozco, y vos también, que es necesario amarlo. Sé, y vos lo sabéis, que si yo no amo, sufro, pues sin amar en mí no hay vida[786].

Divina pureza, ardor incansable de este amor, que acaba por no contentarse ya ni con las palabras mismas del Evangelio: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, porque todavía en esto encuentra un relente de egoísmo[787].