Que no se debe llamar feliz a ningún hombre antes de que haya muerto”.

Esta paz y esta alegría, que entonces se alababa de poseer, ¿le fueron fieles?

Las esperanzas de la “gran Revolución” de 1905 se habían desvanecido. De las tinieblas acumuladas, no brotó la luz; a las convulsiones revolucionarias sucedió el agotamiento; no cambió nada de la antigua injusticia, sino era la miseria, todavía más recrudecida. Ya en 1905 Tolstoi había perdido un poco la confianza en la vocación histórica del pueblo eslavo de Rusia; y su fe obstinada buscaba, a lo lejos, otros pueblos, a los cuales pudiese investir con esta misión. Pensó entonces en el “sabio y grande pueblo chino”; creía que “los pueblos del Oriente están llamados a recobrar la libertad que los pueblos de Occidente han perdido casi sin remedio”, y que la China, a la cabeza de los asiáticos, realizaría la transformación de la humanidad sobre la vía del Tao, de la Ley Eterna[789].

Esperanza que pronto fracasó. La China de Lao-Tsé y de Confucio reniega de su pasada sabiduría, como ya antes que ella lo había hecho el Japón, para imitar a Europa[790]. Los “dukhobors”, perseguidos, han emigrado al Canadá, se han instalado allá, y bien pronto, con escándalo para Tolstoi, han restaurado la propiedad[791]. Los “gurianos”, apenas emancipados del yugo del Estado, se han entregado a matar a quienes no pensaban como ellos; y las tropas rusas, llamadas a intervenir, los han hecho volver al orden. Y hasta los judíos, ellos, “cuya patria hasta entonces, la más bella que pudo desear el hombre, era el Libro”[792], no dejan de caer en la enfermedad del sionismo, ese movimiento falsamente nacional “que es carne de la carne del europeísmo contemporáneo, su hijo raquítico”[793].

Tolstoi estaba triste, pero no desalentado. Confiaba en Dios; creía en el porvenir:

Esto sería perfecto, si fuera posible hacer crecer un bosque en un abrir y cerrar de ojos. Desgraciadamente es imposible, es necesario esperar a que la simiente germine, que dé vástagos, luego las hojas y después el tallo, que se transforme al fin en árbol[794].

Pero se necesita de muchos árboles para hacer una floresta, y Tolstoi estaba solo. Glorioso, pero solo. Se le escribía del mundo entero, de los países mahometanos, de la China, del Japón, donde se tradujo Resurrección y donde se propagaban sus ideas sobre la “restitución de la tierra al pueblo”[795]. Los periódicos americanos publicaban entrevistas con él; los franceses le consultaban sobre el arte, o sobre la separación de las iglesias y el Estado[796]. Pero no tenía siquiera trescientos discípulos, y en ello convenía, aparte de que no había cuidado de formarlos. Rechazaba las tentativas de sus amigos, para formar grupos tolstoianos:

No es necesario ir al encuentro el uno del otro, sino ir todos hacia Dios. Decís: “Reunidos, esto es más fácil...”. ¿Qué? Para sembrar, para cosechar, sí; pero sólo es dable acercarse a Dios aisladamente... Me represento al mundo como un inmenso templo en el cual la luz desciende de lo alto y en medio justamente. Para reunirse, todos deben ir hacia la luz. Allá, todos nosotros, venidos de diversas partes, nos encontramos reunidos con hombres que no esperábamos; en esto está la alegría[797].

¿Cuántos se encontraron juntos bajo el rayo de luz que cae de la cúpula? ¡qué importa! Basta uno solo, con Dios.

Lo mismo que una materia en combustión puede, sola, comunicar el fuego a otras materias, basta sólo con la verdadera fe y la verdadera vida de un hombre para comunicarse con otros hombres y esparcir la verdad[798].