Más de quince años antes, en una página de un dolor desgarrador, se preguntaba a sí mismo:

¿Y bien, León Tolstoi, vives según los principios que predicas?

Y se respondía abrumado:

Muero de vergüenza; soy culpable, merezco el desprecio... Sin embargo, comparad mi vida de otro tiempo con la de ahora, y veréis que trato de vivir según la ley de Dios. No he hecho la milésima parte de lo que es necesario hacer, y por eso estoy confuso; pero no lo he hecho, no porque no lo haya deseado, sino porque no he podido hacerlo... Acusadme, pero no acuséis a la senda que yo sigo. Si conozco el camino que conduce a mi casa, y lo sigo titubeando, como un hombre ebrio ¿querrá esto decir que el camino sea malo? Indicadme otro, o sostenedme en el verdadero camino, como estoy yo pronto a sosteneros; pero no me rechacéis, ni os regocijéis con mi desventura; no gritéis con transporte de alegría: “¡Mirad: dice que va a su casa y cae en el fangal!” ¡No: no os regocijéis, ayudadme, sostenedme!... ¡Ayudadme! Mi corazón se desgarra de desesperación porque todos nos hemos extraviado, y cuando hago toda suerte de esfuerzos por salir, vosotros, cada vez que me aparto, en lugar de tener compasión, me señaláis con el dedo, gritando: “¡Ved cómo cae con nosotros en el fango!”[811].

Más cercano a la muerte, repetía:

No soy un santo, ni nunca me he ofrecido por tal. Soy un hombre que se deja arrastrar, y que a veces no dice todo lo que piensa y siente; no porque no lo desea, sino porque no lo puede, porque frecuentemente le sucede que exagera o que se equivoca. En mis acciones esto es aún peor. Soy de hecho un hombre débil, con hábitos viciosos, que anhela servir al Dios de la verdad, pero que tropieza constantemente. Si se me tiene por un hombre que no puede equivocarse, cada una de mis faltas debe parecer una mentira o una hipocresía; pero si se me tiene por un hombre débil, apareceré entonces como soy en realidad: un ser que inspira lástima, pero sincero, que constantemente y con toda su alma ha deseado y desea aún llegar a ser un hombre bueno, un buen servidor de Dios.

Así permaneció, perseguido por el remordimiento, perseguido por el reproche mudo de los discípulos más enérgicos y menos humanos que él[812], desgarrado por su debilidad y su indecisión, dividido entre el amor a los suyos y el amor a Dios, hasta que un día un golpe de desesperación, y tal vez el soplo abrasador de fiebre que se levanta cuando se aproxima la muerte, lo arrojaron fuera de su casa, a los caminos, errante, fugitivo, llamando a las puertas de un convento para seguir luego su carrera, cayendo al fin en el camino, en un obscuro lugar, para ya no volver a levantarse[813]. Y en su lecho de muerte lloraba, no por sí mismo, sino por los desventurados, mientras decía en medio de sollozos:

Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren ¿por qué estáis aquí, todos, para ocuparos solamente de mí?

Y entonces llegó—era el domingo 20 de noviembre de 1910, poco después de las seis de la mañana,—“la liberación”, como él la llamaba, “la muerte, la muerte bendita...”.