O en este reto al mundo:

Declaro arrogantemente y sin temor: quienquiera que me crea un hombre deshonesto, es él mismo un hombre que merece ser ahorcado.

Tolstoi lloraba lágrimas de sangre sobre los “crímenes” de su vida pasada:

Sufro las torturas del infierno. Recuerdo toda mi cobardía pasada, y estos recuerdos no me abandonan, me envenenan la vida. Se lamenta de ordinario que no se conserven recuerdos después de la muerte ¡Qué felicidad que así sea! ¡Cuál sufrimiento sería, si, en esa otra vida, me acordase de todo el mal que he cometido aquí abajo![821]...

No es él quien hubiera escrito sus Confesiones, como Rousseau, porque decía éste, “sintiendo que el bien sobrepasaba el mal, tenía yo interés en decirlo todo”[822]. Tolstoi, después de haber ensayado, renuncia a escribir sus Memorias: la pluma se le cae de las manos; no quiere ser objeto de escándalo para quienes lo habrán de leer:

Las gentes dirán: ¡Ved a este hombre que muchos colocan a tanta altura! ¡Y qué cobarde era! Luego, a nosotros, simples mortales, es Dios mismo quien nos ordena que seamos cobardes[823].

Nunca conoció Rousseau el bello pudor moral de la fe cristiana, la humildad que da al viejo Tolstoi un candor inefable. Detrás de Rousseau—encuadrando la estatura de la isla de los Cisnes—se ve la Roma de Calvino. En Tolstoi, encuentra uno a los peregrinos, a los inocentes, cuyas ingenuas confesiones y cuyas lágrimas habían conmovido su infancia.

Pero mucho más aún que la lucha contra el mundo, que le es común con Rousseau, otra lucha llena los treinta últimos años de la vida de Tolstoi, un magnífico combate entre las dos más altas potencias de su alma: la Verdad y el Amor.

La Verdad (“esta mirada que va derecho a las almas”), la luz penetrante de estos ojos grises que os traspasan... Era su fe más antigua, la reina de su arte.