Steffen Breuning está ahora aquí y pasamos casi todos los días juntos. ¡Me produce tanto bien evocar sentimientos de tiempos pasados! Se ha convertido, en verdad, en un joven excelente, bueno, que sabe algo y que tiene (como todos nosotros más o menos) el corazón bien puesto.
Quiero escribir también a la buena Lorchen. Nunca he olvidado a uno solo de vosotros, tan queridos y buenos, aun cuando no dé ningún signo de vida; porque escribir, tú lo sabes, no ha sido mi fuerte nunca; mis mejores amigos han estado años enteros sin recibir una carta de mí. Sólo vivo en mis notas, y apenas una obra queda terminada cuando está comenzada ya otra. En la forma en que trabajo ahora hago a menudo tres o cuatro cosas a un tiempo. Escríbeme con frecuencia, que yo trataré de disponer de tiempo para contestarte. Saluda a todos en mi nombre...
¡Adiós, mi bueno, mi fiel Wegeler! Está seguro de la afección y de la amistad de tu Beethoven.
A Wegeler
Viena, 16 de noviembre de 1801.
¡Mi buen Wegeler! Te doy gracias por tu nueva prueba de solicitud, tanto más cuanto la merezco muy poco.—Quieres saber cómo estoy y yo tengo necesidad de decírtelo, y, por poco agradable que me sea ocuparme de este asunto, lo haré sin embargo de buena gana contigo.
Vering me está poniendo desde hace meses vejigatorios en los dos brazos... El tratamiento me es extremadamente desagradable; sin hablar de los dolores, estoy privado por completo del uso de mis brazos por uno o dos días. Debo convenir en que los zumbidos son un poco más débiles que antes, principalmente en la oreja izquierda, que fué en la que comenzó mi sordera; pero mi oído en verdad no ha mejorado nada hasta el presente, y no me atrevo a decir si está peor aún.—Mi estómago va mejor, y cuando me baño durante algunos días en agua tibia, me encuentro bastante bien por ocho o diez días más. De cuando en cuando tomo algún fortificante para el estómago, y también he comenzado, siguiendo tu consejo, la aplicación de yerbas contra el vientre.—Vering no quiere oír hablar de duchas; y por otra parte, no estoy muy contento con él, porque en verdad tiene pocos cuidados y atención para mi mal; si yo no fuera a su casa—y esto me es muy difícil—no lo vería nunca. ¿Qué piensas tú de Schmidt? No cambio médico de buena gana; pero me parece que Vering es demasiado práctico para renovar muchas de sus ideas por la lectura; y Schmidt en esto me parece un hombre distinto, que acaso no será tan negligente.—Se dicen maravillas del galvanismo. ¿Qué piensas tú de ello? Un médico me ha contado que vió a un niño sordomudo recobrar el oído, y a un hombre, que hacía siete años estaba sordo, también curado.—Precisamente acabo de saber que Schmidt está haciendo experiencias acerca de esto.
De nuevo vivo en forma algo más agradable; frecuento el trato de los demás. Apenas podrías creer cuál vida de soledad y de tristeza he llevado desde hace dos años; mi enfermedad se levantaba por todas partes delante de mí como un espectro, y yo huía de los demás. ¡Debía parecer un misántropo, cuando lo soy tan poco!—Este cambio, una amada, una encantadora muchacha lo ha realizado; me ama y yo la amo: he aquí de nuevo algunos momentos felices, después de dos años; y es la primera vez que pienso que el matrimonio puede dar la felicidad. Desgraciadamente no es de mi condición; y ahora, a decir verdad, no podría casarme porque es necesario que trabaje valerosamente aún. Si no fuera por mi oído habría desde hace largo tiempo recorrido la mitad del mundo, y esto debo hacerlo. No hay mayor placer para mí que ejercer mi arte y mostrarlo.—No creo que fuera feliz en vuestra casa. ¡Quién podría darme la felicidad! Vuestra misma solicitud me pesaría, y a cada instante leería yo la compasión en vuestros rostros, para juzgarme más miserable todavía.—¿Qué me atraía hacia esos bellos lugares de mi patria? ¡Nada más que la esperanza de alcanzar una situación mejor, y que yo llegara a no tener este mal! ¡Oh, si estuviera libre de este mal tendría el mundo entre mis brazos! Mi juventud, sí, lo siento, apenas está comenzando; porque ¿no he estado siempre enfermo? Mi fuerza física crece más que nunca desde hace algún tiempo, junto con mi vigor intelectual. Cada día me acerco más al fin que entreveo sin poderlo definir. Pero sólo con estos pensamientos puede vivir tu Beethoven. ¡No es posible descansar! No conozco otro descanso que el sueño, y soy tan desventurado que tengo que concederle más tiempo que antes. Que esté sólo a medias libre de este mal, y entonces, como un hombre más dueño de sí mismo, más maduro, iré hacia vosotros y estrecharemos nuestros viejos lazos de amistad.
Debéis verme tan feliz como me sea concedido serlo aquí abajo; pero no desventurado. ¡No, porque esto no lo podría soportar! Quiero morder al destino, que no me doblegará indudablemente por completo. ¡Oh, es tan bello vivir la vida mil veces!—Para una vida tranquila, no, lo siento, no nací.