El asunto de La Madre es también emocionante. Una buena y razonable madre de familia, que después de haberse consagrado enteramente a los suyos durante cuarenta años, se encuentra sola, sin actividad, sin razón de vivir, y, aunque es librepensadora, se acoge al abrigo de un convento y escribe allí su Diario. Pero de esta obra solamente quedaron las primeras páginas.

De un arte superior son una serie de pequeños relatos: Alexis el Tonto, que participa de la vena de los hermosos cuentos populares, es la historia de un espíritu simple, siempre sacrificado, siempre dulcemente satisfecho, y que así muere. Después del Baile (20 de agosto de 1903), en que un anciano cuenta cómo amó a una muchacha y cómo cesó bruscamente de amarla, después de haber visto al padre de ella, un coronel, ordenar que fuera azotado un soldado; obra perfecta, primero, de un exquisito encanto de recuerdos juveniles y luego de una alucinante precisión. Lo que yo he visto en sueños (13 de noviembre de 1906): Un príncipe no perdona a su hija, a quien adoraba, porque se ha escapado de la casa después de dejarse seducir; pero apenas vuelve a verle, es él quien le pide perdón; y sin embargo (la ternura de Tolstoi y su idealismo no lo engañan nunca), no puede alcanzar a vencer el sentimiento de disgusto que le causa la vista del hijo de su hija. Khodynka, novela corta cuya acción pasa en 1893: se trata de una joven princesa rusa que ha querido tomar parte en una fiesta popular de Moscú, y se encuentra, presa de un gran pánico, pisoteada, medio muerta, y reanimada por un obrero que ha sido él mismo rudamente atropellado. Por un instante un sentimiento de fraternidad afectuosa los une; se separan después y no volverán a verse más.

De dimensiones más vastas y que anuncian una novela épica, es Hadji-Mourad (diciembre de 1902), que refiere un episodio de las guerras del Cáucaso en 1851[837]. Tolstoi, al escribirla, se encontraba en la plena posesión de sus procedimientos artísticos. En ella la visión (de los ojos y del alma) es perfecta; pero, y esto es curioso, no llegamos a interesarnos verdaderamente en la historia, porque se advierte que Tolstoi mismo no se interesa en ella. Cada personaje que aparece en el curso de la narración, despierta en él la misma simpatía, y de cada uno, aunque no haga más que pasar delante de nuestros ojos, hace un retrato acabado; pero a fuerza de amar a todos no prefiere a ninguno. Parece que escribió este notable cuento sin ninguna necesidad interior y sólo por necesidad física; pues como otros ejercitan sus músculos, es necesario que él ejercitara su mecanismo intelectual; tenía necesidad de crear; creaba.


Otras obras tienen un acento personal que llega a menudo hasta la angustia. Algunas son autobiográficas, como el Diario de un Loco (20 de octubre de 1883), que contiene el recuerdo de las primeras noches de espanto de Tolstoi, antes de la crisis de 1869;[838] y como El Diablo (19 de noviembre de 1889). Este último y largo cuento tiene dos partes, que son de primer orden sin duda y, por desgracia, un desenlace absurdo: un propietario rural que tiene relaciones con una joven campesina que vive en sus propiedades, se casa y cuida, porque es honesto y ama a su mujer, de alejar a esta campesina; pero ella se le ha metido por los ojos, y no puede mirarla sin desearla. La busca, y acaba por recobrarla; siente que no podrá ya separarse de ella, y se mata. Los retratos de este hombre, bueno, débil, robusto, miope, inteligente, sincero, trabajador y atormentado; de su joven mujer, romántica y enamorada, que lo idealiza, y de la hermosa y sana campesina, ardorosa y sin pudor, son obras maestras. Es chocante que Tolstoi haya puesto tanto de intención moral en el fin del cuento, como no lo puso en la historia vivida, porque él tuvo realmente una aventura análoga.

La luz brilla en las tinieblas, drama en cinco actos, ofrece muchas debilidades artísticas; pero, cuando se conoce la tragedia oculta de la vejez de Tolstoi ¡qué conmovedora es esta obra que, con otros nombres, presenta en escena a Tolstoi y a los suyos! Nicolás Ivanovitch Sarintzeff llega a tener la misma fe que el autor de ¿Qué debemos hacer?, y ensaya ponerla en práctica, lo cual no le está permitido. Las lágrimas de su mujer (¿sinceras o simuladas?) le impiden abandonar a los suyos; se queda en su casa, donde vive pobremente, trabajando en la carpintería; su mujer y sus hijos continúan haciendo vida de lujo y dando fiestas, y aunque él no toma parte en ellas, se le acusa de hipocresía. Sin embargo, por su influencia moral, por la simple radiación de su personalidad, hace en torno suyo prosélitos y desventurados. Un “pope”, convencido por sus doctrinas, abandona la iglesia; un joven de buena familia rehúsa prestar el servicio militar y se hace enviar al batallón de disciplina; y mientras tanto, el pobre Sarintzeff-Tolstoi es desgarrado por la duda. ¿Está en el error? ¿No arrastra inútilmente a los otros al sufrimiento y a la muerte? Al fin no encuentra otra solución a sus angustias que dejarse matar por el joven a quien sin querer condujo a la pérdida.

Se encuentra también, en una breve narración de los últimos tiempos de la vida de Tolstoi, No hay culpable (septiembre de 1910), la misma confesión dolorosa de un hombre que sufre horriblemente por su situación, de la cual no puede salir. A los ricos ociosos se oponen los pobres abrumados de trabajo, y ni los unos ni los otros sienten la inepcia monstruosa de semejante estado social.

Dos obras de teatro tienen un alto valor; una es la obrita campesina que combate los daños del alcohol, intitulada Todas las cualidades vienen de ella (probablemente de 1910). Los personajes son muy individuales y sus rasgos típicos y su ridículo lenguaje fueron sorprendidos de manera muy divertida; el campesino que, a la postre, perdona a un ladrón, es a la vez noble y cómico por su inconsciente grandeza moral y por su ingenuo amor propio. La segunda de estas piezas, de una importancia muy distinta, es un drama en doce cuadros, El cadáver viviente, que muestra a gentes débiles y buenas aplastadas por la estúpida máquina social. El héroe, Fedia, es un hombre que se ha perdido por su bondad misma y por el profundo sentimiento moral que oculta bajo una vida de libertino, porque sufre de una manera intolerable con la bajeza del mundo y con su propia indignidad; pero no tiene la fuerza necesaria para reaccionar. Tiene una mujer a quien ama, que es buena, tranquila, razonable, pero “sin la uva que se pone en la sidra para hacerla espumar”, “sin el burbujeo en la vida” que procura el olvido. Y el olvido le es indispensable.

Nosotros todos, en nuestro medio, dice, tenemos delante tres caminos, y únicamente tres. Ser funcionario, ganar dinero y sumar más villanía a la del medio en el cual vivimos. Y esto me disgusta; tal vez yo no sería capaz de hacerlo... El segundo camino es aquél en el cual se combate esta villanía, pero para esto es necesario ser un héroe, y yo no lo soy. Queda el tercero: olvidarse, beber, engañarse en fiestas, cantar; este es el camino que yo he escogido, y ya veis vosotros a dónde me ha conducido...[839].

Y en otro pasaje: