Era pequeño y gordo, de cuello robusto, de complexión atlética; tenía una cara grande color de rojo ladrillo, menos al fin de su vida, que se tornó su tono enfermizo y amarillento, en invierno sobre todo, cuando permanecía encerrado y lejos del campo; una frente poderosa y abultada; cabellos extremadamente negros, muy espesos, en los cuales parecía que no había entrado nunca el peine, erizados por todos lados, “las serpientes de Medusa”[1]; sus ojos brillaban con una fuerza prodigiosa, que dominaba a cuantos los miraban; pero casi todos se engañaron sobre el color de estos ojos. Como irradiaban con fulgor salvaje, en un semblante obscuro y trágico, se les creía generalmente negros, cuando eran de un azul gríseo[2]; pequeños y muy hundidos, se abrían bruscamente en la pasión o en la cólera y entonces giraban en sus órbitas, reflejando todos sus pensamientos con verdad maravillosa[3]. Frecuentemente se volvían hacia el cielo con una mirada melancólica. La nariz era chata y ancha, como un hocico de león: la boca delicada, con el labio inferior saliente; mandíbulas temibles que habrían podido cascar nueces; y un hoyuelo profundo en el mentón, hacia el lado derecho, daba una extraña disimetría al rostro. “Sonreía bondadosamente, dice Moscheles, y había en su conversación, a menudo, un tono amable y alentador. En cambio su risa era desagradable, violenta y gesticulante, rápida”,—la risa de un hombre que no está acostumbrado a la alegría. Su expresión habitual era melancólica, de “una tristeza incurable”. Rellstab, en 1825, decía que tenía necesidad de todas sus fuerzas para no llorar al ver “sus ojos dulces y su dolor penetrante”; Braun von Braunthal, un año después, lo encontró en una cervecería: estaba sentado en un rincón, fumando una larga pipa y con los ojos cerrados, como lo hacía más frecuentemente a medida que se aproximaba a la muerte. Un amigo le dirigió la palabra; sonrió con tristeza, sacó de su bolsillo una libreta de conversación, y, con la voz aguda que adquieren a menudo los sordos, le dijo que escribiera lo que quería preguntarle. Su semblante se transfiguraba, ora en los accesos de inspiración súbita que lo acometían de improviso, aun en la calle, y que llenaban de sorpresa a los transeúntes, ora cuando se le sorprendía sentado al piano. “Los músculos de su rostro se le saltaban, sus venas se hinchaban; los ojos salvajes se hacían dos veces más terribles; le temblaba la boca, y tenía el aire de un encantador vencido por los demonios que hubiera evocado”. Parecía una figura de Shakespeare[4]; Julius Benedict dice: “El rey Lear”.


Ludwig van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770, en Bonn, cerca de Colonia, en una mísera bohardilla de casa pobre. Era flamenco de origen[5]; su padre, un tenor borracho y sin talento; su madre, una criada, hija de un cocinero y viuda en primeras nupcias de un ayuda de cámara.

Su infancia severa no tuvo la familiar dulzura con que la de Mozart, más feliz, estuvo rodeada. Desde el principio la vida se le reveló como un combate triste y brutal; su padre quiso explotar sus disposiciones musicales y exhibirlo como un niño prodigio; a los cuatro años de edad lo sentaba, durante horas enteras, frente a su clave, o lo encerraba con un violín y lo abrumaba de trabajo. Poco faltó para que por siempre le hubiera hecho odioso el arte. Fué preciso usar de la violencia para que Beethoven aprendiera la música. Su juventud fué entristecida por las preocupaciones materiales, el cuidado de ganarse el pan, los trabajos prematuros; a los once años formaba parte de la orquesta del teatro, y a los trece era organista. En 1787 perdió a su madre, a quien adoraba. “¡Era tan buena conmigo, tan digna de ser amada, mi mejor amiga! ¡Oh, quién más feliz que yo cuando podía pronunciar el dulce nombre de madre, y que ella podía escucharme!”[6]. Había muerto de tisis, y el mismo Beethoven se creyó atacado de esa enfermedad; sufría ya constantemente y unía a su dolencia una melancolía más cruel que el propio mal[7]. A los diecisiete años era jefe de familia, encargado de la educación de sus hermanos. Pasó la vergüenza de solicitar el retiro de su padre, incapaz de dirigir la casa por borracho, y fué al hijo a quien se entregó la pensión paterna para evitar que fuese disipada. Semejantes sufrimientos dejaron en él una huella profunda. Tuvo la fortuna de encontrar un cariñoso apoyo en una familia de Bonn, que le fué siempre muy querida, los Breuning. La gentil “Lorchen”, Eleonora de Breuning, tenía dos años menos: le enseñó él la música y ella lo inició en la poesía; fué su compañera de infancia y acaso hubo entre ellos algún sentimiento tierno. Eleonora casó más tarde con el doctor Wegeler, que fué uno de los mejores amigos de Beethoven: hasta el último día no cesó de reinar entre ellos una amistad apacible, de que dan testimonio las cartas dignas y cariñosas de Wegeler y de Eleonora, y las del viejo y fiel amigo (alter treuer Freund) al bueno y querido Wegeler (guter lieber Wegeler); cariño más conmovedor todavía cuando la vejez llegó para los tres sin enfriar la juventud de sus corazones[8].

Por triste que haya sido la infancia de Beethoven, conservó siempre de ella y de los lugares en que transcurrió un tierno y melancólico recuerdo. Obligado a abandonar Bonn y a pasar casi toda su vida en Viena, en la grande y frívola ciudad o en sus tristes barriadas, no olvidó nunca el valle del Rhin, ni el gran río augusto y paternal—unser Vater Rhein—como él lo llama, “nuestro padre el Rhin”, tan viviente en verdad, casi humano, semejante a un alma gigantesca por la cual pasan pensamientos y fuerzas innumerables; en ninguna parte más bello, más poderoso y más dulce que en la deliciosa Bonn, cuyas pendientes, sombreadas y florecidas, baña con la violencia de una caricia. Allá vivió Beethoven sus veinte primeros años; allá se formaron los ensueños de su corazón de adolescente, en estas praderas que flotan lánguidas sobre el agua, con sus chopos envueltos por la bruma, sus malezas, sus sauces, sus árboles frutales, que empapan las raíces en la corriente silenciosa y rápida; y, sobre la orilla inclinadas, muellemente curiosas, las aldeas, las iglesias, hasta los cementerios, en tanto que en el horizonte las Siete Montañas azuladas dibujan sobre el cielo sus perfiles atormentados, que coronan las esbeltas y bizarras siluetas de los viejos castillos en ruinas. Su corazón permaneció eternamente fiel a este país, y hasta el último instante soñó en volver a verlo, sin que lo hubiese logrado nunca. “Mi patria, la hermosa región en donde yo vi la luz primera, siempre tan bella, tan clara delante de mis ojos, como cuando yo la dejé”[9].


En noviembre de 1792 Beethoven se estableció en Viena, metrópoli musical de Alemania[10]. La Revolución había estallado y comenzaba a ahogar a Europa. Beethoven salió de Bonn en el momento preciso en que la guerra llegaba, y en camino de Viena cruzó por entre los ejércitos de Hesse, que avanzaban contra Francia. En 1796 y 1797 puso música a las poesías bélicas de Friedberg, un Canto de Partida, y un Coro Patriótico, Somos un gran pueblo alemán (Ein grosses deutsches Volk sind wir); pero en vano quiso cantar a los enemigos de la Revolución, porque la Revolución conquistó al mundo y a Beethoven. Desde 1798, y a pesar de la tirantez de relaciones entre Austria y Francia, entró Beethoven en comunicación íntima con los franceses, con la embajada, con el general Bernadotte, que acababa de llegar a Viena; y en sus conversaciones con ellos comenzaron a formarse en él los sentimientos republicanos, cuyo poderoso desarrollo se advierte en el resto de su vida.

Un dibujo que en esta época le hizo Stainhauser nos muestra una imagen bastante clara de lo que era entonces Beethoven. Es con relación a sus siguientes retratos, lo que el retrato de Buonaparte por Guérin—rostro áspero, devorado por la fiebre de la ambición,—es a los otros retratos de Napoleón. Aparece Beethoven más joven de lo que era, enjuto, derecho, tieso dentro de su alto corbatín, con el mirar retador y violento: sabe lo que vale, y confía en su fuerza. En 1796 escribe en su cuaderno: “¡Valor! A pesar de todas las flaquezas del cuerpo, mi genio triunfará... ¡Veinticinco años! Los tengo ya, y es necesario que en este año el hombre se revele todo entero”[11]. La señora de Bernhard y Gelinck dicen que es muy orgulloso, de modales rudos y huraños, y habla con un acento marcadamente provinciano; pero sólo sus amigos íntimos conocen la exquisita bondad que se oculta bajo ese orgulloso encogimiento. Al escribir a Wegeler acerca de sus triunfos, el primer pensamiento que le viene a la mente es: “Por ejemplo, cuando veo a un amigo necesitado, si mi bolsillo no me permite acudir inmediatamente en su ayuda, no tengo más que sentarme a la mesa de trabajo, y, en poco tiempo, lo he sacado del apuro... Ya ves que esto es encantador”[12]. Y un poco después agrega: “Mi arte debe consagrarse al bien de los pobres”. (Dann soll meine Kunst sich nur zum Besten der Armen zeigen.)