Este amor, este dolor, esta voluntad, estas alternativas de postración y orgullo, estas tragedias interiores aparecen en las grandes obras escritas en 1802: la Sonata con marcha fúnebre, op. 26, la Sonata quasi una fantasía y la Sonata llamada del Claro de Luna, op. 27; la Sonata segunda, op. 31, con sus recitados dramáticos que semejan un grandioso y desolado monólogo; la Sonata en do menor para violín, op. 30, que dedicó al emperador Alejandro; la Sonata a Kreutzer, op. 47, y las seis heroicas y conmovedoras melodías religiosas sobre palabras de Gellert, op. 48. La Segunda Sinfonía, que es de 1803, refleja su amor juvenil con mayor intensidad, y en ella se advierte que su voluntad se impone sobre todo; una fuerza irresistible barre los tristes pensamientos y el final se levanta en impetuoso borbotar de vida. Beethoven quiere ser feliz; no quiere consentir en creer que es irremediable su infortunio: anhela la curación, desea el amor; desborda de esperanzas[21].


En muchas de estas obras sorprende la energía y la insistencia de los ritmos de marcha y de combate, que son muy sensibles, sobre todo en el allegro y en el final de la Segunda Sinfonía, y todavía más en el primer trozo, soberbiamente heroico, de la Sonata al Emperador Alejandro. El carácter marcial, característico de esta música, recuerda la época en que fué escrita: la revolución llegaba a Viena, y Beethoven era arrastrado por ella. “Manifestaba de buena gana en la intimidad—nos dice el caballero Seyfried—su aprobación para los sucesos políticos, que juzgaba con una rara perspicacia, con mirada clara y penetrante”. Todas sus simpatías lo llevaban hacia las ideas revolucionarias; “amaba los principios republicanos”, dice Schindler, el amigo que más lo conoció en el último período de su vida. “Era partidario de la libertad sin limitaciones y de la independencia nacional... Quería que todos cooperasen en el gobierno del Estado... Deseaba para Francia el sufragio universal y confiaba en que Bonaparte lo establecería, echando así los cimientos de la felicidad del género humano”. Revolucionario romano, nutrido en Plutarco, soñaba con una república heroica, fundada por el dios de la Victoria: el Primer Cónsul; y golpe sobre golpe forjó la Sinfonía Heroica: Bonaparte (1804)[22], que es la “Ilíada” del Imperio; y el final de la Sinfonía en do menor (1805-1808), la epopeya de la Gloria. Primera música verdaderamente revolucionaria, el espíritu de la época revive en ella con la intensidad y la pureza que tienen los grandes sucesos en las grandes almas solitarias, cuyas impresiones no son debilitadas por el contacto de la realidad. La figura de Beethoven se muestra en ella iluminada por los resplandores de estas épicas guerras que están expresadas por doquiera, acaso sin quererlo, en las obras de este período: en la Obertura de Coriolano (1807), que tiene soplo de tempestades; en el Cuarto cuarteto, op. 18, cuyo primer trozo tiene tanto parecido con esa obertura; en la Sonata Appassionata, op. 57 (1804), de la cual decía Bismarck: “Si la escuchara yo a menudo, sería más valeroso”[23]; en la partitura de Egmont, y hasta en sus conciertos para piano, en este concierto en mi bemol, cuyo virtuosismo también se hace heroico y en el que parece que pasan ejércitos. ¿Cómo sorprenderse de esto? Si Beethoven ignoraba, al escribir la Marcha fúnebre a la muerte de un héroe (de la Sonata op. 26), que el héroe más digno de sus cantos, aquél que se acercaba más que Bonaparte al modelo de la Sinfonía Heroica, Hoche, acababa de morir cerca del Rhin—al cual domina su monumento funerario, todavía ahora, desde lo alto de una pequeña colina entre Coblenza y Bonn,—había visto en la misma Viena dos veces victoriosa a la revolución. Fueron los oficiales franceses quienes asistieron en noviembre de 1805 al estreno de Fidelio, y el general Hulin, el vencedor de la Bastilla, que se instaló en la casa de Lobkowitz, amigo éste y protector de Beethoven, a quien dedicó la Heroica y la en do menor. Y todavía el 10 de mayo de 1809, Napoleón se hospedó en Schoenbrunn[24]. Bien pronto Beethoven odiará a los conquistadores franceses; pero no por ello sintió menos el fervor de su epopeya, y quien no la sienta como él sólo a medias comprenderá esta música de acción y de imperiales triunfos.

Interrumpió Beethoven bruscamente la Sinfonía en do menor para escribir, de un golpe y sin sus bosquejos habituales, la Cuarta Sinfonía. La felicidad se le había revelado: en mayo de 1806 entró en relaciones con Teresa de Brunswick[25], quien lo amaba desde hacía largo tiempo, porque siendo niña recibía de él lecciones de piano, en los primeros tiempos que vivió éste en Viena. Beethoven era amigo de su hermano el conde Francisco, de quien fué huésped en Mártonvásár, Hungría, en 1806, y fué allá donde él y Teresa comenzaron a amarse. El recuerdo de estos días felices se conserva en algunos relatos de Teresa de Brunswick[26]. “Una noche de domingo, dice ella, después de comer, Beethoven se sentó al piano, a la luz de la luna. Principió por pasar su mano abierta sobre el teclado, que era su manera de preludiar siempre, y que Francisco y yo conocíamos ya. Tocó después algunos acordes en las notas bajas, y lentamente, con una solemnidad misteriosa, ejecutó un canto de Sebastián Bach[27]: ‘Si quieres, darme tu corazón, que sea primero en secreto, y que nadie pueda adivinar nuestro mutuo pensamiento’. Mi madre y el cura se habían dormido; mi hermano miraba en el vacío con gravedad; y yo, bajo el influjo de su canto y de su mirada, sentía la vida en toda plenitud. En la mañana del siguiente día nos encontramos en el jardín, y me dijo: ‘Estoy escribiendo ahora una ópera cuya figura principal está delante de mí, en todas partes por donde voy, en todas partes donde estoy; nunca había alcanzado tal altura, en la que todo es luz, pureza, claridad. Hasta hoy me parecía a ese niño de los cuentos de hadas, entretenido en recoger guijarros, que no veía la flor espléndida que sobre el camino florece...’. En el mes de mayo de 1806 era su novia, sólo con el consentimiento de mi bienamado hermano Francisco”.

La Cuarta Sinfonía, escrita ese año, es una flor pura que guarda el perfume de aquellos días, los más tranquilos de su vida. En ella se ha advertido justamente “la preocupación de Beethoven, entonces, de conciliar, en tanto que fuera posible, su genio con la tradición generalmente conocida y amada de las formas transmitidas por sus predecesores”[28]. El mismo espíritu conciliador, nacido del amor, obraba sobre sus modales y manera de vivir. Ignaz von Seyfried y Grillparzer dicen que estaba pleno de ímpetus, ágil, alegre, espiritual, cortés con los demás, paciente para con los importunos, vestido con rebuscamiento; y los engaña al extremo de que no se dan cuenta de su sordera y dicen que está sano, si no es de su vista, muy debilitada[29]. Tal es la idea que de él nos da un retrato de elegancia romántica y un poco amanerada que por entonces pintó Maehler. Beethoven deseaba agradar, y sabía que agradaba. El león está enamorado, y esconde sus garras; pero se adivina bajo estas apariencias, bajo la fantasía y la ternura de la Sinfonía en si bemol, la fuerza temible, el humor caprichoso y los coléricos arranques.

Esta paz profunda no debía durar; mas el influjo bienhechor del amor se prolongó hasta 1810. Beethoven le debió sin duda su dominio de sí mismo, que hizo entonces producir a su genio los más perfectos frutos: esta tragedia clásica, la Sinfonía en do menor; y este divino ensueño de un día de estío: la Sinfonía Pastoral (1808)[30]. La Appassionata, inspirada en la Tempestad de Shakespeare[31], considerada por él como la más vigorosa de sus sonatas apareció en 1807 y está dedicada al hermano de Teresa. La ensoñadora y fantástica sonata, op. 78 (1809), la dedicó a Teresa. Una carta sin fecha[32] y dirigida A la Inmortal Amada expresa, no menos que la Appassionata, la intensidad de su amor:

“Ángel mío, mi todo, mi yo... tengo el corazón henchido de tantas cosas que decirte... ¡Ah, en donde yo estoy, tú estás siempre conmigo!... Lloro sólo de pensar que no recibirás antes del domingo, probablemente, mis primeras noticias.—Te amo, como tú me amas; pero mucho más... ¡Oh, Dios! ¡Qué vida ésta sin ti! ¡Tan cerca, y tan lejos! Mis pensamientos van hacia ti, mi inmortal amada (Meine unsterbliche Geliebte), jocundos unas veces, tristes después, interrogando al destino, demandándole si nos acogerá benignamente. No puedo vivir si no es contigo, porque de otra manera no vivo... Nunca será de otra mi corazón. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Oh, Dios mío! ¿por qué es preciso que se alejen los que se aman? Y sin embargo mi vida, como al presente, es una vida de tristezas. Tu amor me ha hecho a un mismo tiempo el más feliz y el más desdichado de los hombres... ¡Está tranquila... está tranquila, y ámame! Ahora, ayer, cuán ardiente aspiración, ¡cuántas lágrimas mías van hacia ti!... a ti... a ti... mi vida, mi todo! ¡Adiós! ¡Continúa amándome, no olvides jamás el corazón de tu amado L. ¡Tuyo eternamente, eternamente mía, por siempre el uno para el otro!”[33].

¿Cuál causa misteriosa impidió la felicidad de estos dos seres que se amaban? Acaso la falta de fortuna, la desigualdad social; acaso Beethoven se sublevó ante la larga espera que se le imponía, y ante la humillación de mantener en secreto su amor indefinidamente; tal vez, violento, enfermo y misántropo como era, hizo sufrir, sin quererlo, a la que amaba, y esto lo desesperó. La promesa de unión se rompió, y, sin embargo, ni el uno ni el otro parece que hayan olvidado nunca su amor. Hasta su último día (murió en 1861), Teresa de Brunswick amó a Beethoven. Y en 1816, Beethoven decía: “Al pensar en ella el corazón me palpita con tanta violencia como en el día que la vi por la primera vez”. De este mismo año son las melodías a la Amada Lejana (an die ferne Geliebte), op. 98, de un carácter tan conmovedor y tan profundo. Escribió en sus notas: “Mi corazón desborda ante el espectáculo de esta admirable naturaleza, y sin embargo Ella no está aquí, a mi lado”. Teresa había dado su retrato a Beethoven con esta dedicatoria: “Al genio extraordinario, al gran artista, al hombre bueno.—T. B.”[34]. En el último año de su vida sorprendió un amigo a Beethoven, solo, besando este retrato con lágrimas en los ojos y hablando en voz alta, como era su costumbre: “¡Eras tan hermosa, tan grande, tan parecida a los ángeles!” Y el amigo se retiró, y cuando regresó un poco más tarde lo encontró sentado al piano y le dijo: “Hoy, mi viejo amigo, no hay nada de diabólico en vuestro rostro”. Beethoven le respondió: “Es que hoy me ha visitado mi ángel”. La herida fué profunda. “Pobre Beethoven, decía él mismo, no es posible que para ti haya felicidad en este mundo. Sólo en las regiones de lo ideal encontrarás amigos”[35].

Escribió en su libro de notas: “Sumisión, sumisión profunda a tu destino: no puedes existir para ti, sino solamente para los demás; para ti la única felicidad posible está en tu arte. ¡Oh, Dios mío, concédeme la fuerza necesaria para vencer!”