¿Y dónde no sucede lo mismo? se replica.

Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor parte del mundo; yo contesto que esa disposicion del sentimiento y de los hábitos, es una especialidad francesa, al menos una especialidad parisiense. Aquí, la alucinacion de la fantasía se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul de unos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan á una tela cualquiera: ¿cómo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y las costumbres?

Lo que aquí se llama moralidad, se llama en otras partes astucia, destreza, comprar y vender entendiendo el oficio.

Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa manifestacion y su falso alarde. Llámenlo negocio, empresa, mercado: llámenlo como quieran, moral, no. Eso no es la moral; la cara de carton no es la cara de carne. La moral no se escribe sino sobre el código eterno de una verdad que no se suma, que no se palpa: una verdad lúcida, inocente, afectuosa y bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva y universal como la idea de Dios.

III.

=Moralidad de Paris con relacion á las costumbres=.

En una de las tiendas contiguas al pasaje de la calle Montmartre, cerca del Mercado Nuevo, han llevado á mi mujer diez sueldos por unas trencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estas últimas tal vez de mejor calidad.

Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco veces más de lo justo.

En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco de vinagre de olor, un pomo de aceite y algunas pastillas. Yo creí equivocadamente que el frasco valia dos francos y medio, y pagué á razon de esta suma. Pero no valia más que uno y medio; la señora que despachaba se apercibió sin duda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de todo) y se contentó con añadir una pastilla, como si se tratara de un regalo con que nos obsequiaba.

La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fué moral regalando una pastilla que me costaba dos veces más de lo que valia.