A la pensée. (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del bulevar Montmartre (ó en sus inmediaciones), y tiré del brazo á mi mujer como tocado de una curiosidad poderosa. ¿Qué pensamiento será este? decía para mí. Llegamos: era una zapatería.
Al bello pensamiento. (A la belle pensée.) Esto ví escrito en una de las cajas que están expuestas en la esquina de la calle Les filles Saint Thomas, y me ví asaltado del mismo conato curioso. Me aproximé, ví: era una caja de confites.
Hautes nouveautés! (Altas novedades.) Esto leí en los cristales de un almacen de la calle de Vivienne, y tales títulos no pueden menos de sorprender. Fuimos allá, lo que nos habia cautivado el ánimo era una coleccion de manguitos, camisolines, chambras y cofias.
Pero uno de los anuncios en que más me he fijado, acaso por su exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente francesa, es uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle Vivienne y las Hijas de Santo Tomás, en uno de los ángulos de la plaza de la Bolsa. Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no le desagradará verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso hay algun letrero en chimenea, rendija ó resquicio que nosotros no hemos podido divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:
Arriba, muy arriba:
Al palacio de cristal.—Vestidos para hombres.
Más abajo:
Palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres.