Que al mirarle ahuyentaban el frío

De la muerte, templando su seno.

Y del yermo sin fin de su espíritu

Ya vuelto á la vida, rompiéndose el hielo,

Sintió al cabo brotar en el alma

La flor de la dicha, que engendra el deseo.

Dios no quiso que entrase infecunda

En la fértil región de los cielos;

Piedad tuvo del ánimo triste

Que el germen guardaba de goces eternos.