Es el caso que las tropas llegaron para la gran parada del 22. Esa noche debía darse un baile en la Casa Blanca, esto es, en el Palacio Presidencial.
Se celebró en casa de mi novia la ceremonia del matrimonio civil y hubo un almuerzo al cual asistió el general Ezeta. Este estaba nervioso y por varias veces se levantó a hablar con el señor Amaya, director de Telégrafos y amigo suyo. Después de la fiesta, yo, fatigado, me fuí a acostar temprano, con la decisión de no asistir al baile de la Casa Blanca. Muy entrada la noche, oí, entre dormido y despierto, ruidos de descargas, de cañoneo y tiros aislados, y ello no me sorprendió, pues supuse vagamente que aquello pertenecía a la función militar. Más aún, sería ya la madrugada, cuando sentí ruidos de caballos que se detenían en la puerta de mi habitación, a la cual se llamó, pronunciando mi nombre varias veces.—«Levántate, me decían, está tu amigo el general Ezeta». Yo contesté que estaba demasiado cansado y no tenía ganas de pasear, suponiendo desde luego que se me invitaba para algún alegre y báquico desvelo. Sentí que se alejaron los caballos.
Por la mañana llamaron a la puerta de nuevo; me levanté, abrí y me encontré con una criada de casa de mi novia, o mejor dicho, de mi mujer.—«Dicen las señoras, expresó, que están muy inquietas con usted, suponiendo que le hubiese pasado algo en lo de anoche».—«¿Pero qué ha ocurrido?», le pregunté.—«Que ya no es presidente el general Menéndez, que le han matado»—«¿Y quién es el presidente entonces?»—«El general Ezeta». Me vestí y partí inmediatamente a casa de mi esposa. Al pasar por los portales vecinos a la Casa Blanca encontré unos cuantos cadáveres entre charcos de sangre. Impresionado, entré al café del Hotel Nuevo Mundo a tomar una copa; me senté. En una mesa cercana había un hombre con una herida en el cuello, vendada con un pañuelo ensangrentado. Estaba vestido de militar y bastante ebrio. Sacó un revólver y tranquilamente me apuntó:—«Diga, ¡Viva el general Ezeta!»—«Sí, señor, le contesté, ¡viva el general Ezeta!»—«Así se hace», exclamó. Y guardó su revólver. Tomé mi copa y partí inmediatamente a buscar a mi mujer. En su casa se me narró lo que había sucedido. Durante la noche, mientras se estaba en lo mejor del baile presidencial, donde se hallaba la flor de la sociedad salvadoreña, quedaron todos sorprendidos por ruidos de fusilería y se notó que el palacio estaba rodeado de tropas. Un general, cuyo nombre no recuerdo, había penetrado a los salones e intimó orden de prisión a los ministros que allí se encontraban. El presidente, general Menéndez, se había ido a acostar. La confusión de las gentes fué grande; hubo gritos y desmayos. A todo esto se había ya avisado al general Menéndez, que se ciñó su espada e increpó duramente al general que llegaba a comunicarle también orden de prisión. Entre tanto, la guardia del Palacio se batía desesperadamente con las tropas sublevadas. Teresa, la hija mayor del presidente, gritaba en los salones:—«¡Que llamen a Carlos, él tranquilizará todo esto y dominará la situación!»—«Señorita, le contestó alguien, es el general Ezeta quien se ha sublevado». El presidente había abierto los balcones de la habitación y arengaba a las tropas. Aun se oyó un viva al general Menéndez; pero éste cayó instantáneamente muerto. Fué llevado el cuerpo, y los médicos certificaron que no tenía ninguna herida. Al darse cuenta de que Carlos Ezeta, a quien él quería como a un hijo y a quien había hecho toda clase de beneficios, a quien había enriquecido, a quien había puesto a la cabeza de su ejército, era quien le traicionaba de tal modo, el pobre presidente, que era cardíaco, según parece, sufrió un ataque mortal. El cadáver fué expuesto y el pueblo desfiló y se dió cuenta de la verdad del hecho.—«¿Qué piensas hacer?», me dijo mi esposa.—«Partir inmediatamente a Guatemala, puesto que hay un vapor en el puerto de la Libertad». Salí a dar los pasos necesarios para el arreglo rápido de mi viaje, y en el camino me encontré con alguien que me dijo:—«El general Ezeta desea que vaya dentro de una hora al Cuartel de Artillería». Cruzaban patrullas por las calles. Unos cuantos soldados iban cargados con cajas de dinero. Una hora después estaba yo en el Cuartel de Artillería, que se hallaba lleno de soldados, muchos de ellos heridos. Un tropel de jinetes. Llega el general Ezeta, rodeado de su Estado Mayor. Se nota que ha bebido mucho. Desde el caballo se dirige a mí y me dice que me entienda con no recuerdo ya quién, para asuntos de publicidad sobre el nuevo estado de cosas. Yo salgo y prosigo mis preparativos de partida; escribo una carta al nuevo presidente manifestándole que un asunto particular de especialísima urgencia me obliga a irme inmediatamente a Guatemala; que volveré a los pocos días a ponerme a sus órdenes. Y me dirigí al puerto de la Libertad. En el hotel estaba, cuando el comandante del puerto apareció y me dijo que de orden superior me estaba prohibida la salida del país. Entonces empecé por telégrafo una campaña activísima. Me dirigí a varios amigos, rogándoles se interesasen con Ezeta, y hasta recurrí a la buena voluntad masónica de mi antiguo amigo el doctor Rafael Reyes, íntimo amigo del improvisado presidente.
El vapor estaba para zarpar, cuando por influencia de Reyes, el comandante recibía orden de dejar que me embarcase; pero junto conmigo iba ya persona que observase y que procurase conocer el fondo de mis impresiones y sentimientos sobre los sucesos acontecidos. Era un señor Mendiola Boza, cubano de origen. Natural que yo me manifesté ezetista convencido, y el hombre lo creyó o no lo creyó; pero cumplió con su misión.
XX
AL llegar a Guatemala supe que la guerra estaba por estallar entre este país y El Salvador. Menéndez había mantenido las mejores relaciones con el presidente guatemalteco Barillas, y éste tenía sus razones para creer que Ezeta le sería contrario, y aprovechara para prestigiarse de la antipatía tradicional entre salvadoreños y guatemaltecos. No bien hube llegado al hotel, cuando un oficial se presentó a decirme que el presidente general Barillas me esperaba inmediatamente. La capital estaba conmovida y se hablaba de la seguridad de la guerra. Me dirigí a la casa presidencial, acompañado del oficial que había ido a buscarme. Penetré entre los numerosos soldados de la guardia de honor y se me hizo pasar a un salón. Al llegar, vi que el presidente estaba rodeado de muchos notables de la ciudad. Se hallaba agitadísimo, y cuando yo entré pronunciaba estas palabras:—«Porque, señores, el que quiera comer pescado que se moje el...» Yo me senté tímidamente en una silla, fuera del círculo, pero el presidente me miró y me preguntó:—«¿Es usted el señor Rubén Darío?»—«Sí, señor», le contesté. Me hizo entonces avanzar y me señaló un asiento cercano a él—. «Vamos a ver, me dijo, ¿es usted también de los que andan diciendo que el general Menéndez no ha sido asesinado?»—«Señor presidente, le contesté, yo acabo de llegar, no he hablado aún con nadie, pero puedo asegurarle que el presidente Menéndez no ha sido asesinado». En los ojos de Barillas brilló la cólera—. «¿Y no sabe usted que tengo en la Penitenciaría a muchos propaladores de esa falsa noticia?»—«Señor, insistí, esa noticia no es falsa. El general Menéndez ha muerto de un ataque cardíaco al parecer; pero si no ha sido asesinado con bala o con puñal, le ha dado muerte la ingratitud, la infamia del general Ezeta, que ha cometido, se puede decir, un verdadero parricidio». Y me extendí sobre el particular. El presidente me escuchó sin inmutarse. «Está bien», me dijo, cuando hube concluído. «Vaya en seguida y escriba eso. Que aparezca mañana mismo. Y véase con el ministro de Relaciones Exteriores y con el ministro de Hacienda.» Me fuí rápidamente a mi hotel y escribí la narración de los sucesos del 22 de Junio, con el título de «Historia negra», que en ocasión oportuna reprodujo La Nación de Buenos Aires.
Mi escrito causó gran impresión, y supe después que Carlos Ezeta, así como su hermano Antonio, aseguraban que si alguna vez caía en sus manos no saldría vivo de ellas.—«Y pensar, decía algún tiempo más tarde el presidente Ezeta al ministro de España, don Julio de Arellano y Arróspide, después Marqués de Casa Arellano y cuya esposa fuera madrina de mi hijo, en San José de Costa Rica—¡y pensar que yo hubiera hecho rico a Rubén si no comete el disparate de ponerse en contra mía!» La verdad es que yo estaba satisfecho de mi conducta, pues Menéndez había sido mi benefactor, y sentía repugnancia de adherirme al circulo de los traidores. ¡Será ello quizás un poco romántico y poco práctico; pero qué le vamos a hacer!
XXI
DE mi entrevista con el ministro de Relaciones Exteriores y con el de Hacienda resultó que por disposición presidencial se me hizo, como en San Salvador, director y propietario de un diario de carácter semioficial. A los pocos días, salía el primer número de El Correo de la tarde.
Era el general Barilas un presidente voluntarioso y tiránico, como han sido casi todos los presidentes de la América Central. Se apoyaba desde luego en la fuerza militar, pero tenía cierta cultura y excelentes rasgos de generosidad y de rectitud. Uno de sus ministros era Ramón Salazar, literato notable, de educación alemana. La guerra se inició, pero concluyó felizmente al poco tiempo. El poder de los Ezetas se afianzó en San Salvador por el terror. En cuanto a mí, hice del diario semi-oficial una especie de cotidiana revista literaria. Frecuentaba a D. Valero Pujol, uno de los españoles de mayor valor intelectual que hayan venido a América y cuyo nombre, no sé por qué, quizás por el rincón centroamericano en que se metiera, no ha brillado como merece. Viejo republicano, amigo de Salmerón y de Pí y Margall, creo que fué, durante la república, gobernador de Zaragoza. En Guatemala era y es todavía el Maestro. Ha publicado valiosos libros de historia y tres generaciones le deben su luces. Era director de la Biblioteca Nacional el poeta cubano José Joaquín Palma, hombre exquisito y trovador zorrillesco. Es aquel autor de cierta poesía que se encontró entre los papeles de Olegario Andrade y que se publicó como suya, averiguándose después que era de Palma.