LI
VOLVÍ a ver al rey niño, más crecido y supe de intimidades de palacio; por ejemplo, que su pequeña majestad llamaba a sus hermanitas, las dos infantas hoy yacentes en sus sepulcros del Escorial, a la una Pitusa y a la otra Gorriona. Busqué por todas partes el comunicarme con el alma de España. Frecuenté a pintores y escultores. Asistí al entierro de Castelar, escribí sobre el periodismo español, sobre el teatro, sobre libreros y editores, sobre novelas y novelistas, sobre los académicos, entre los cuales tenía admiradores y abominadores; escribí de poetas y de políticos, recogí las últimas impresiones desilusionadas de Núñez de Arce. Traté al maestro Galdós, tan bueno y tan egregio, estudié la enseñanza, renové mis coloquios con Menéndez y Pelayo. Hablé de las flamantes inteligencias que brotaban. Relaté mi amistad con la princesa Bonaparte, madame Rattazzi. Di mis opiniones sobre la crítica, sobre la joven aristocracia, sobre las relaciones ibero-americanas, celebré a la mujer española; y sobre todo, ¡gracias sean dadas a Dios! esparcí entre la juventud los principios de libertad intelectual y de personalismo artístico que habían sido la base de nuestra vida nueva en el pensamiento y el arte de escribir hispano-americanos, y que causaron allá espanto y enojo entre los intransigentes. La juventud vibrante me siguió, y hoy muchos de aquellos jóvenes llevan los primeros nombres de la España literaria. Imposible me sería narrar aquí todas mis peripecias y aventuras de esa época pasada en la coronada villa; ocuparían todo un volumen.
LII
LA Exposición de París de 1900 estaba para abrirse. Recibí orden de La Nación de trasladarme en seguida a la capital francesa. Partí.
En París me esperaba Gómez Carrillo y me fuí a vivir con él, al número 29 de la calle Faubourg Montmartre. Carrillo era ya gran conocedor de la vida parisiense. Aunque era menor que yo, le pedí consejos. «¿Con cuánto cuenta usted mensualmente?»—me preguntó.—«Con esto», le contesté, poniendo en una mesa un puñado de oros de mi remesa de La Nación. Carrillo contó y dividió aquella riqueza en dos partes; una pequeña y una grande. «Esta me dijo, apartando la pequeña, es para vivir: guárdela. Y esta otra es para que la gaste toda.» Y yo seguí con placer aquellas agradables indicaciones, y esa misma noche estaba en Montmartre, en una boîte llamada Cyrano, con joviales colegas y trasnochadoras estetas, danzarinas, o simples peripatéticas.
Poco después, Carrillo tuvo que dejar su casa, y yo me quedé con ella; y como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo, en la actualidad cumplido diplomático en España y que ha escrito lindos recuerdos sobre nuestros días parisienses, en artículos sueltos y en su precioso libro «El éxodo y las flores del camino». A Nervo y a mí nos pasaron cosas inauditas, sobre todo, cuando llegó, a hacernos compañía un pintor de excepción, famoso por sus excentridades y por su desorbitado talento: he señalado al belga Henri de Groux. Algún día he de detallar tamaños sucedidos, pero no puedo menos que acordarme en este relato de los sustos que me diera el fantástico artista de larga cabellera y de ojos de tocado, afeitado rostro y aire lleno de inquietudes, cuando en noches en que yo sufría tormentosas nerviosidades e invencibles insomnios, se me aparecía de pronto, al lado de mi cama, envuelto en un rojo ropón dantesco, con capuchón y todo, que había dejado olvidado en el cuarto no sé cuál de las amigas de Gómez Carrillo... Creo que la llamada Sonia.
LIII
YO hacía mis obligatorias visitas a la Exposición. Fué para mí un deslumbramiento miliunanochesco, y me sentí más de una vez en una pieza, Simbad y Marco Polo, Aladino y Salomón, mandarín y daimio, siamés y cow-boy, gitano y mujick; y en ciertas noches, contemplaba en las cercanías de la torre Eiffel, con mis ojos despiertos, panoramas que sólo había visto en las misteriosas regiones de los sueños.
Había un bar en los grandes bulevares que se llamaba Calisaya. Carrillo y su amigo Ernesto Lejeunesse, me presentaron allí a un caballero un tanto robusto, afeitado, con algo de abacial, muy fino de trato y que hablaba el francés con marcado acento de ultramancha. Era el gran poeta desgraciado Oscar Wilde. Rara vez he encontrado una distinción mayor, una cultura más elegante y una urbanidad más gentil. Hacía poco que había salido de la prisión. Sus viejos amigos franceses que le habían adulado y mimado en tiempo de riqueza y de triunfo, no le hacían caso. Le quedaban apenas dos o tres fieles, de segundo orden. El había cambiado hasta de nombre en el hotel donde vivía. Se llamaba con un nombre balzaciano, Sebastián Menmolth. En Inglaterra le habían embargado todas sus obras. Vivía de la ayuda de algunos amigos de Londres. Por razones de salud, necesitó hacer un viaje a Italia, y con todo respeto, le ofreció el dinero necesario un barman de nombre John, que es una de las curiosidades que yo enseño cuando voy con algún amigo a la «Bodega», que está en la calle de Rivoli, esquina a la de Castiglione. Unos cuantos meses después moría el pobre Wilde, y yo no pude ir a su entierro, porque cuando lo supe, ya estaba el desventurado bajo la tierra. Y ahora, en Inglaterra y en todas partes, recomienza su gloria...