Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía su lengua en el licor verde como lo haría un animal felino.
—Dice Alberto Magno, que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Eurico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vió en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de perro (Lesbia reía). Los muslos, brazos y manos tan sin vello como los nuestros (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas); comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
—¡Colombine!—gritó Lesbia. Y llegó Colombine; una falderilla que parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa de todos:—¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dió un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las narices como lleno de voluptuosidad.
—Y Filegón Traliano—concluyó el sabio elegantemente—afirma la existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
—Basta de sabiduría—dijo Lesbia. Y acabó de beber menta.
—Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios—¡Oh!—exclamé,—¡para mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. ¡Pero las ninfas no existen!
Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de personas.
—¡Y qué!—me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada para que sólo yo la oyera—, ¡las ninfas existen, tú las verás!
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