Berta empezó a entristecerse en
tanto que sus ojos llameantes se
rodeaban de ojeras melancólicas.

EL PALACIO DEL SOL

vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.

Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas.

Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecerse en tanto que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.—Berta, te he comprado dos muñecas...—No las quiero, mamá...—He hecho traer los Nocturnos...—Me duelen los dedos, mamá...—Entonces...—Estoy triste, mamá...—Pues que se llame al doctor.