La canción del oro, sería el mejor de los cuentos de usted si fuera cuento, y sería el más elocuente de todos si no emplease en él demasiado una ficelle, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el día.
En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde se ven llegar a sus moradas, de vuelta de festines y bailes, a las hermosas mujeres y a los hombres ricos, hay un mendigo extraño, hambriento, tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo tira un mordisco a un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta la canción del oro.
Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor desdeñado, todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra en los corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los descamisados y perdidos, están expresados en aquel himno en prosa.
Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos la ficelle: el método o traza de la composición, que tanto siguen ahora los prosistas, los poetas y los oradores.
El método es crear algo por superposición o aglutinación, y no por organismo.
El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin símil; todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera muchísimos comos, y en vez de los comos se han empleado los eses y las esas. Ejemplo: la tierra: esa madre fecunda de todos los vivientes; el aire, ese manto azul que envuelve el seno de la tierra, y cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese campo sin límites por donde giran las estrellas, etcétera. De este modo es fácil llenar mucho papel. A veces los eses y las esas se suprimen, aunque es menos enfático y menos francés, y sólo se dice el pájaro, flor del aire; la luna, lámpara nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio, etc.
Y por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, o cansado el autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso soy yo; eso es la poesía; eso es la crítica; eso es la mujer, etc. Puede también el autor, para prestar mayor variedad y complicación a su obra, decir lo que no es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y puede decir lo que no es como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será aquello, será lo de más allá? No; no es nada de eso. Luego... la retahila de cosas que se ocurran. Y por remate: eso es.
Este género de retórica es natural, y todos la empleamos. No se critica aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego infantil de apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de...» Y se va diciendo (si, v. gr., la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de berros, de bromas.
Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja de que se pueden acortar y alargar ad libitum, y de que se pueden leer al revés lo mismo que al derecho, sin que a penas varíe el sentido.
En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí, conocí yo y traté a una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y ella había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y hacían sentido empezando por el último verso y acabando por el primero. Querían decir algunos maldicientes que ella había hecho el descubrimiento para burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero yo siempre tuve por seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía en este sentido indestructible, léanse las composiciones como quiera que se lean, un primor raro que realzaba el mérito de ellas.