Listo para todos los combates, apolíneo, hercúleo, perséico, davídico, ello transmutado en sangre neomundial, su iniciación en la orden del Arte, queda como un acontecimiento en la historia del pensamiento hispanoamericano, y no es uno de mis menores orgullos el haberme tocado ser, en días floridos, Anquises de tal Marcelo.
Todo conquistado: renombre, respeto y consideración en los propios patrios sanedrines, admiración y afecto entre sus iguales. Todo, hasta el denuesto regocijador y la parodia plausible. Todo, menos la verdadera comprensión de ciertas cosas suyas al lado de las cuales se ha pasado sin penetrar lo que dentro se contiene. Mas, ¿desde cuando es comunicado a todos el sckiboleth?
La obra primigenia de tal héroe, cuyo análisis sea para estudiosos y minuciosos críticos, háceme pensar en las adolescencias proféticas, en una pérdida y encuentro, no en el templo entre los doctores, sino en el bosque entre los leones. Hay allí, sobre todo, un infuso conocimiento de cosas inmemoriales que se ha transmitido a través de innúmeras generaciones, y que hace vagamente reconocerse, apenas, con algún rarísimo contemporáneo, en un rápido choque de miradas, o en la similitud de interpretación de un gesto, de un signo, de una palabra.
Ya en la tarea de ideas, revélase la inagotable mina verbal, la facultad enciclopédica, el dominio absoluto del instrumento y la preponderancia del don principal y distintivo: la fuerza. Propaganda patriótica, ciencia civil, historia, cuento, enseñanza, discurso ocasional, todo es pletórico, todo está lleno de vital y viril fuerza. Verdad que oiréis un son de flauta en los Crepúsculos del Jardín. Acordaos del Polifemo que canta Teócrito y Poussin pinta. Y luego: ¿Quid dulcius melle et quid fortius leone? ¿No habían vibrado antes en una lengua de potente amor versos capaces de encender estatuas?
No creo yo que en nuestras tierras de América haya hoy personalidad superior a la de Leopoldo Lugones, quien antes de llegar al medio del camino de la vida, se ha levantado ya inconmovible pedestal para el futuro monumento. Las Montañas del Oro, Los crepúsculos del jardín, El imperio jesuítico, La guerra gaucha, Las fuerzas extrañas, Lunario sentimental, Piedras liminares, Didáctica, Prometeo, Odas seculares.
Allá en la lejana Córdoba del Plata, una anciana tiembla aún de temeroso gozo maternal. ¡Misia Custodia, qué nombre el de usted, para ser llevado en la Catedral de las glorias argentinas!...