Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.

XI

MIENTRAS tenéis, oh negros corazones!,
conciliábulos de odio y de miseria,
el órgano de Amor riega sus sones.
Cantan: oid: «La vida es dulce y seria».

Para ti, pensador meditabundo,
pálido de sentirte tan divino,
es más hostil la parte agria del mundo.
Pero tu carne es pan, tu sangre es vino.

Dejad pasar la noche de la cena
—¡Oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!—
Y la pasión del vulgo que condena.
Un gran Apocalipsis horas futuras llena.
Ya surgirá vuestro Pegaso blanco!