Ilustrísimo señor, a Fray Pedro
lo henos encontrado muerto.

I

isitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio, me señaló una lápida, en que leí únicamente: Hic iacet frater Petrus.

—Este—me dijo—fué uno de los vencidos por el diablo.

—Por el viejo diablo que ya chochea—le dije.

—No—me contestó—; por el demonio moderno que se escuda con la Ciencia.—Y me narró el sucedido.