¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas, o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.

La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.

Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los tiempos y las costumbres.

El gueux de la Francia de hoy no es el mismo de la época de Villón. Especiales causas políticas y sociales engendraron aquellos vendangeurs de costé, aquellos temibles mendigos y rateros que adoptaron por patrono, cosa curiosa en verdad, al rey David: «David, le roy, seige prophète».

Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable Notre Dame, la célebre Corte de los Milagros. Villón, en sus Testamentos, ha dejado una pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le nom de tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes les filles et de tous les mauvais lieux; item connaît-il celui de tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats du guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs, lieurenant criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous les cachots et tous les gibets.»

Tan les conocía, que estuvo a punto de ser entregado al Monsieur de París, de entonces, como el mismo Gringoire.

La diferencia que se puede notar entre los miserables de antaño y los de nuestra época es que sobre aquéllos parece que hubiera flotado un aire de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las clases, la tristeza, el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos, de sus hambres y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja reir, porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos distrae a los gueux, que son amigos de las farsas y de las locuras.

Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces, los angelz, están listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren los lugares sospechosos.

En cuanto a la Corte de los Milagros, se componía de gentes activas, en su peligrosa industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos ciegos, etc., etc. De todo eso hay hoy también. Los castigos eran crueles y se aplicaban con frecuencia. Maître François Villón solía predicar la moral entre las turbas de vagabundos endiablados, al mismo tiempo que escribía sus célebres baladas en el jargon de la poco noble «camaradería».

De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de los gueux parisienses ha cambiado por completo.