Y oí la voz del dios de las montañas
que anunciaba su vuelta en el concierto
maravilloso de sus siete cañas.
Y clamé y dijo mi palabra: «¡Es cierto,
el gran dios de la fuerza y de la vida,
Pan, el gran Pan de lo inmortal, no ha muerto!»
Volví la vista a la montaña erguida
como buscando la bicorne frente
que pone sol en l’alma del panida.
Y vi la singular doble serpiente
que enroscada al celeste caduceo
pasó sobre las olas de repente
llevada por Mercurio. Y mi deseo
tornó a Thalasa maternal la vista.
Pues todo hallo en la mar cuando la veo.
Y vi azul y topacio y amatista,
oro, perla y argento y violeta,
y de la hija de Electra la conquista.
Y escuché el ronco ruido de trompeta
que del tritón el caracol derrama,
y a la sirena, amada del poeta.
Y con la voz de quien aspira y ama,
clamé: «¿Dónde está el dios que hace del lodo
con el hendido pie brotar el trigo,
que a la tribu ideal salva en su éxodo?»
Y oí dentro de mí: «Yo estoy contigo,
y estoy en ti y por ti: yo soy el todo».