Manos blancas, cual rosas benditas,
que sabéis deshojar margaritas
junto al fresco rosal del Pensil,
ya daréis la canción del amado
cuando hiráis el sonoro teclado
del triunfal clavicordio de Abril!

Ojos bellos de ojeras cercados,
ya veréis los palacios dorados
de una vaga, ideal Estambul,
cuando lleven las hadas a Oriente
a la Bella del Bosque Durmiente,
en el carro del Príncipe Azul!

¡Blanca flor! De tu cáliz risueño
la libélula errante del Sueño
alza el vuelo veloz, ¡blanca flor!
Primavera su palio levanta
y hay un coro de alondras que canta
la canción matinal del amor.

Parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.

SONETO

Para el Sr. D. Ramón del Valle-Inclán.