Apolo le arrancó de Guatimala

y le trujo en su ayuda para ofensa

de la canalla en todo extremo mala.

A fines del siglo XVIII dió un gran paso la enseñanza en Guatemala. Hubo un Flores «que se adelantaba a Galvani y Balli en experimentos físicos sobre la electricidad, y a Fontana en las estatuas de cera para el estudio de la anatomía». En el país nicaragüense «llegábamos a la víspera de nuestra emancipación hablando malamente el idioma castellano, llena la cabeza de cuestiones teológicas y metafísicas; pero en lo demás, tan pobres y atrasados como cuando Nicaragua fué a recibir a Gil González»[2]. Las ideas revolucionarias francesas, la doctrina de los enciclopedistas, fueron conocidas por la introducción de algunas obras, y produjeron su efecto a pesar de lo arraigado que estaba en los burgueses el espíritu colonial. En 1812 las Cortes de Cádiz elevaron a la categoría de Universidad el antiguo seminario conciliar de León. Del foco guatemalteco llegan después las ideas puestas en circulación por pensadores como Valle, Molina, Barrundia. Ya en los albores de la independencia se destaca en Nicaragua una figura prestigiosa: la de Larreinaga. Desde entonces, a las luchas de la colonia suceden las luchas que preceden a la formación de los Estados, a la república federal. Y en el año 1824 «el bello país de Nicaragua, «el paraíso de Mahoma», como le llamó Gage, se convirtió en un teatro de guerras civiles». Todo, claro está, en merma del adelanto y de la instrucción del pueblo. Y guerras, y más guerras. En largos períodos, la única literatura que aparece es la violenta y declamatoria de los periódicos de combate. La libertad del pensamiento no existía. En 1825 el jefe del Estado, Cerda, ordena, entre otras cosas, retrocediendo a la época de la conquista, «que no se escribiera por la prensa concepto alguno que no estuviera conforme con los preceptos católicos», y que se quemaran todos los libros prohibidos por la Iglesia. Más tarde, durante la administración Herrera, pudo bien verse en Nicaragua una vislumbre de progreso y de cultura, dado el retrato moral que de aquel gobernante se lee en un antiguo periódico citado por Gámez: «Desde muy joven leía los filósofos más profundos, los genios de la Francia, la historia antigua. Su corazón noble se había incendiado en las nociones de gloria y libertad. Su cabeza activa y fecunda combinaba los grandes problemas de la legislación y la política. Su estudio privado, su trato íntimo con los dos grandes literatos honor de su país, habían desarrollado en él un carácter de empresa, un talento de gobierno, un tacto y conocimiento de los hombres y de los negocios».

No sé a punto fijo en qué época fué introducida la imprenta en Nicaragua; mas el libro ha sido escaso, y de aquellos tiempos no conozco ninguno. El primer periódico oficial apareció en 1835, bajo la administración Zepeda, con el título de Telégrafo Nicaragüense; luego figuraron varones de estudio al par que hombres de política: Buitrago, Hermenegildo Zepeda. Y se admirará a una personalidad interesante y valiosa: D. Francisco Castellón, varón de viva inteligencia y de instrucción notable. En 1844 fué enviado como ministro a Europa, a fin de ver si era posible evitar las rudezas e imposiciones de Inglaterra en Nicaragua. En Londres no quisieron ni oirle. Luego fué a Francia. Gámez narra un curioso episodio de ese viaje, que merece copiarse íntegro: «Castellón, que era un hábil diplomático, concretó entonces sus esfuerzos a la Corte de Francia, para que siquiera interpusiese su mediación y nos librara de ser tratados como pueblos bárbaros puestos bajo la férula de cónsules descorteses y arbitrarios.

»Despertó con tal objeto el interés del público francés por el canal interoceánico de Nicaragua, por medio de la prensa y de conversaciones con los hombres más notables de aquel tiempo. El príncipe Luis Napoleón, después Napoleón III, estaba preso en el castillo de Ham, y la Corte de Luis Felipe lo hacía aparecer como demente. Castellón quiso también sacar partido del bonapartismo y solicitó permiso de visitar al reo de Estado. Luis Napoleón agradeció la visita del diplomático nicaragüense, quedó prendado de su agradable presencia y finos modales, y se sintió vivamente reconocido cuando Castellón, burlando la vigilancia del carcelero, le deslizó disimuladamente dos cartuchos de oro, que el príncipe rehusó. Desde ese día el futuro emperador fué un partidario decidido del canal por Nicaragua, y todos los bonapartistas franceses se convirtieron en sus propagandistas más entusiastas. Estaba logrado el objeto. (La gratitud de Napoleón fué imperecedera. Apenas ocupó el trono imperial, mandó a Nicaragua a buscar a Castellón, cuya muerte ignoraba. Pasó una pensión a su familia, y más tarde, en 1867, tuvo en París educando a Jorge, hijo menor de D. Francisco.) Castellón se dirigió entonces a la Cancillería francesa, y en una conferencia con el ministro Guizot ofreció a Francia toda clase de privilegios sobre el canal y también cederle en propiedad una isla en el Atlántico para hacer allí un fuerte que sirviera de llave al mismo canal, a condición de que interpusiera su mediación con Inglaterra, ¡Vana demanda! La Corte de Luis Felipe manifestó francamente al representante de Nicaragua que los procedimientos de Inglaterra eran correctos, «porque—añadió—las naciones de Europa no pueden, sin rebajarse, entenderse con esos «gobiernitos mosquitos». El Gobierno de Nicaragua, al dar cuenta más tarde, en el periódico oficial, del fracaso de su Legación, exclamaba con tristeza: «Nuestro Gobierno, cuando se trata de condenarlo a pagar sin ser oído, está constituído; pero no lo está cuando quiere manifestar sus agravios y defenderse.» Y el espíritu de Drago flotaba aún sobre la superficie de las aguas...

Don Patricio Rivas y D. Cleto Mayorga, ambos políticos, fueron aficionados a las musas y produjeron cosas ingeniosas que no se conservan en ninguna antología. En medio de las agitaciones y guerras que se sucedían, solían aparecer canciones populares de rimadores anónimos. Máximo Jerez, caudillo, infatigable apóstol de la Unión Centroamericana, fué persona de cultura literaria. Díaz Zapata es nombre grato al arte. El hombre de Estado Zeledón era un universitario. El filibustero yanqui Walker, que cultivó su espíritu en una Universidad alemana, no llevó a Nicaragua sino la barbarie de ojos azules, la crueldad y el rifle. Otro anglosajón que llegó de paz fué Squire, quien escribió un libro notable sobre aquellas tierras. Leyendo este libro tuvo Víctor Hugo la idea que le hizo producir Les raisons du Momotombo. Buenaventura Selva fué estadista, abogado de gran mérito y también hombre de letras. Gregorio Juárez, sujeto estudioso, lleno de nociones, sabio para su tiempo y que tuvo que ver también con los asuntos públicos, dió a la prensa muchas ingenuas y modestas poesías. El Dr. De la Rocha cultivó la elocuencia y dejó páginas históricas y literarias. En 1660 se introdujo la imprenta en Guatemala, y tres años después se hizo el primer trabajo tipográfico. Respecto a Nicaragua no tengo ningún dato seguro. En León creo que fueron de los primeros impresores Pío Orue y Justo Hernández. Mas el libro, como he dicho, era escaso en esos tiempos, y aun continúa siéndolo ahora. Conozco muy mal impresas y mendosas las obras de un historiador de buenas intenciones, aunque harto apasionado: Jerónimo Pérez. Cerrada la Universidad leonesa, los estudios se hacían en contados Institutos y Liceos. La Filosofía se enseñaba por Balmes; la Física, por Ganot. La fundación de los Institutos de Oriente y de Occidente en Granada y en León fué un gran paso en el adelanto intelectual de la República. Llegaron para enseñar en ellos españoles eminentes. Al de León debió ir como director Augusto González de Linares, gloria de la ciencia moderna de España. No pudo realizar el viaje, y fué en su lugar José Leonard, un polaco admirable, que había sido ayudante del general Kruck en la última insurrección, y que en España llegó a dominar el castellano con toda perfección—era un políglota consumado—y a ocupar el puesto de redactor de la Gaceta de Madrid. Con él fué el doctor Salvador Calderón, sabio naturalista, hoy profesor de la Universidad matritense. A Granada fueron el padre Sanz Llaría y otros notables peninsulares.

[2] Gámez: Historia de Nicaragua.


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