¿Por qué ese título Azul? No conocía aún la frase huguesca l'Art c'est l'azur, aunque sí la estrofa musical de Les châtiments:

¡Adieu, patrie,

L'onde est en furie!

¡Adieu, patrie,

Azur!

Mas el azul era para mí el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental, el «coeruieum», que en Plinio es el color simple que semeja al de los cielos y al zafiro. Y Ovidio había cantado:

Respice vindicibus pacatum viribus orbem

que latam Nereus coerulus ambit humum.

Concentré en ese color célico la floración espiritual de mi primavera artística. Ese primer libro—pues apenas puede contar el volumen incompleto de versos que apareció en Managua con el título de Primeras notas—se componía de un puñado de cuentos y poesías, que podrían calificarse de parnasianas. Azul... se imprimió en 1888 en Valparaíso, bajo los auspicios del poeta de la Barra y de Eduardo Poirier, pues el mecenas a quien fuera dedicado por insinuaciones del primero de estos amigos ni siquiera me acusó recibo del primer ejemplar que le remitiera.

El libro no tuvo mucho éxito en Chile. Apenas se fijaron en él cuando D. Juan Valera se ocupara de su contenido en una de sus famosas Cartas Americanas de Los lunes del Imparcial. Valera vió mucho, expresó su sorpresa y su entusiasmo sonriente—¿por qué hay muchos que quieren ver siempre alfileres en aquellas manos ducales?—; pero no se dió cuenta de la trascendencia de mi tentativa. Porque si el librito tenía algún personal mérito relativo, de allí debía derivar toda nuestra futura revolución intelectual. A los que asustaba lo original de la reciente manera les fué extraño que un impecable como D. Juan Valera hiciese notar que la obra estaba escrita «en muy buen castellano». Otros elogios hiciera «el tesoro de la lengua», como le llama el conde de las Navas, y el libro fué desde entonces buscado y conocido tanto en España como en América. Valera observa, sobre todo, el completo espíritu francés del volumen. «Ninguno de los hombres de letras de la Península que he conocido yo con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en Francia, y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras, me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted me parece: ni Galiano, ni D. Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos Alvarez.» Y agregaba más adelante: «Resulta de aquí un autor nicaragüense que jamás salió de Nicaragua sino para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto chic y distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e imponerla.» Cierto; un soplo de París animaba mi esfuerzo de entonces; mas había también, como el mismo Valera lo afirmara, un gran amor por las literaturas clásicas y conocimiento «de todo lo moderno europeo». No era, pues, un plan limitado y exclusivo. Hay, sobre todo, juventud, un ansia de vida, un estremecimiento sensual, un relente pagano, a pesar de mi educación religiosa y profesar desde mi infancia la doctrina católica, apostólica, romana. Ciertas notas heterodoxas las explican ciertas lecturas.