Tarde del trópico fué escrita hace mucho tiempo, cuando por la primera vez sentí bajo mis pies las vastas aguas oceánicas, en mi viaje a Chile. Era para mí entonces todo en la poesía el semidiós Hugo. Los Nocturnos, en cambio, dicen una cultura posterior; ya han ungido mi espíritu los grandes «humanos», y así exteriorizo en versos transparentes, sencillos y musicales, de música interior, los secretos de mi combatida existencia, los golpes de la fatalidad, las inevitables disposiciones del destino. Quizá hay demasiada desesperanza en algunas partes; no debe culparse sino a los marcados instantes en que una mano de tiniebla hace vibrar mayormente el cordaje martirizador de nuestros nervios. Y las verdades de mi vida: «un vasto dolor y cuidados pequeños;» «el viaje a un vago Oriente por entrevistos barcos»; «el grano de oraciones que floreció en blasfemia»; «los azoramientos del cisne entre los charcos»; «el falso azul nocturno de inquerida bohemia»... Sí, más de una vez pensé en que pude ser feliz, si no se hubiera opuesto «el rudo destino». La oración me ha salvado siempre, la fe; pero hame atacado también la fuerza maligna poniendo en mi entendimiento horas de duda y de ira. Mas, ¿no han padecido mayores agresiones los más grandes santos? He cruzado por lodazales. Puedo decir, como el vigoroso mejicano: «Hay plumajes que cruzan el pantano, y no se manchan: mi plumaje es de esos». En cuanto a la bohemia inquerida, ¿habría yo gastado tantas horas de mi vida en agitadas noches blancas, en la euforia artificial y desorbitada de los alcoholes, en el desgaste de una juventud demasiado robusta, si la fortuna me hubiera sonreído y si el capricho y el triste error ajenos no me hubiesen impedido, después de una crueldad de la muerte, la formación de un hogar...?
Esperanza olorosa a yerbas frescas, trino
del ruiseñor primaveral y matinal,
azucena tronchada por un fatal destino,
rebusca de la dicha, persecución del mal...
Y gracias sean dadas a la suprema Razón, si puedo clamar con el verso de la obertura de este libro: «¡Si no caí fué porque Dios es bueno!» En la Canción de Otoño en Primavera digo adiós a los años floridos, en una melancólica sonata, que, si se insiste en parangonar, tendría su melodía algo como un sentimental eco mussetiano. Es de todas mis poesías la que más suaves y fraternos corazones ha conquistado. En Trébol hay homenaje a glorias españolas; en Charitas una aspiración teologal incensa la más sublime de las virtudes. En los siguientes versos: «¡Oh, terremoto mental!» pasa la amenaza de las potencias maléficas; y más adelante se señala el peligro de la eterna enemiga, de la hermosa Varona que nos ofrece siempre la manzana... En Filosofía se comprende la justeza de la obra natural y de la divina razón, contra las feas y dañinas apariencias; en Leda se vuelve a cantar la gloria del Cisne en Divina Psiquis... se tiende, en el torbellino lírico, al último consuelo, al consuelo cristiano. El soneto de trece versos; cuyo sentido incomprendido ha hecho balbucir juicios distantes a más de un crítico de poca malicia, es un juego a lo Mallarmé, de sugestión y fantasía. Los versos que van a continuación elevan a la idealidad y alivian del peso a las miserias morales. Después vendrá un paternal recuerdo, un himno al encanto misterioso femenino, una loor al Gran Manco, un madrigal ocasional, un canto a la siempre para mí atrayente Thalassa, una meditación filosófica, seguida de otras; una silueta bíblica; alegorías y símbolos. Un soneto hay que tiene una dolorosa historia: Melancolía. Está dedicado a un pobre pintor venezolano que tenía el apellido del Libertador. Era un hombre doloroso, poseído de su arte, pero mayormente de su desesperanza.
Le conocí en París; fuimos íntimos, me mostró las heridas de su alma. Yo procuré alentarle. Pasado un corto tiempo partió para los Estados Unidos. Y no tardé en saber que en Nueva York, en el límite de sus amarguras, se había suicidado. Aleluya exalta el don de la alegría en el universo y en el amor humano. De Otoño explica la diferencia entre los mayos y diciembres espirituales; en el poema A Goya me inclino ante el poder de aquel genial príncipe de luces y tinieblas; en Caracol junto al misterio natural mi incógnito misterio; en Amo, amas, pongo el secreto del vivir en el sacro incendio universal amoroso; en el Soneto autumnal al marqués de Bradomín, al celebrar a un gran ingenio de las Españas, exalto la aristocracia del pensamiento; en otro Nocturno digo los sufrimientos de los invencibles insomnios cuando el ánima tiembla y escucha; en Urna votiva cumplo con la amistad; en Programa matinal se expone un epicureismo todo poético; en Ibis señalo el peligro de las ponzoñosas relaciones; en Thanatos me estremezco ante lo inevitable; Ofrenda es una ligera y rítmica galantería banvillesca; en Propósito primaveral de nuevo se presenta una copa llena de vino de las ánforas de Epicuro.
La Letanía de Nuestro Señor Don Quijote afirma otra vez mi arraigado idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico. La figura del caballero simbólico está coronada de luz y de tristeza. En el poema se intenta la sonrisa del «humour»—como un recuerdo de la portentosa creación cervantina—, mas tras el sonreir está el rostro de la humana tortura ante las realidades que no tocan la complexión y el pellejo de Sancho. En Allá lejos hay un rememorar de paisajes tropicales, un recuerdo de la ardiente tierra natal, y en Lo fatal, contra mi arraigada religiosidad y a pesar mío, se levanta como una sombra temerosa un fantasma de desolación y de duda.
Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el pavor de la tumba, o, más bien, del instante en que cesa el corazón su ininterrumpida tarea y la vida desaparece de nuestro cuerpo. En mi desolación me he lanzado a Dios como a un refugio, me he asido de la plegaria como de un paracaídas. Me he llenado de congoja cuando he examinado el fondo de mis creencias, y no he encontrado suficientemente maciza y fundamentada mi fe, cuando el conflicto de las ideas me ha hecho vacilar y me he sentido sin un constante y seguro apoyo. Todas las filosofías me han parecido impotentes, y algunas abominables y obra de locos y malhechores. En cambio, desde Marco Aurelio hasta Bergson, he saludado con gratitud a los que dan alas, tranquilidad, vuelos apacibles y enseñan a comprender de la mejor manera posible el enigma de nuestra estancia sobre la tierra.
Y el mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad, el de haber puesto «mi corazón al desnudo», el de haber abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior, para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más íntimas ideas y de mis más caros ensueños. He sabido lo que son las crueldades y locuras de los hombres. He sido traicionado, pagado con ingratitudes, calumniado, desconocido en mis mejores intenciones por prójimos mal inspirados, atacado, vilipendiado. Y he sonreído con tristeza. Después de todo, todo es nada, la gloria comprendida. Si es cierto que «el busto sobrevive a la ciudad», no es menos cierto que lo infinito del tiempo y del espacio, el busto, como la ciudad, y, ¡ay!, ¡el planeta mismo, habrán de desaparecer ante la mirada de la única Eternidad!