El señor Llanas Aguilaniedo, y uno de los escasos espíritus que en la nueva generación española toman el estudio y la meditación con la seriedad debida, decía no hace mucho tiempo: «Existen, además, en este país cretinizado por el abandono y la pereza, muy pocos espíritus activos; acostumbrados—la generalidad—a las comodidades de una vida fácil que no exige grandes esfuerzos intelectuales ni físicos, ni comprenden, en su mayoría, cómo puede haber individuos que encuentren en el trabajo de cualquier orden un reposo, y al propio tiempo un medio de tonificarse y de dar expansión al espíritu; los trabajadores, con ideas y con verdadera afición a la labor, están, puede decirse, confinados en la zona Norte de la Península; el resto de la nación, aunque en estas cuestiones no puede generalizarse absolutamente, trabaja cuando se ve obligado a ello, pero sin ilusión ni entusiasmo». En lo que no estoy de acuerdo con el señor Llanas, es en que aquí se conozca todo, se analice y se estudie la producción extranjera y luego no se la siga. «Sin duda, dice, no nos consideramos elevados a una altura superior, y desde ella nos damos por satisfechos con observar lo que en el mundo ocurre, sin que nos pase por la imaginación secundar el movimiento».
Yo anoto. Difícil es encontrar en ninguna librería obras de cierto género, como no las encargue uno mismo. El Ateneo recibe unas cuantas revistas del carácter independiente, y poquísimos escritores y aficionados a las letras están al tanto de la producción extranjera. He observado, por ejemplo, en la redacción de la Revista Nueva, donde se reciben muchas buenas revistas italianas, francesas, inglesas, y libros de cierta aristocracia intelectual aquí desconocida, que aun compañeros míos de mucho talento, miran con indiferencia, con desdén, y, sin siquiera curiosidad. Demás decir que en todo círculo de jóvenes que escriben, todo se disuelve en chiste, ocurrencia de más o menos pimienta, o frase caricatural que evita todo pensamiento grave. Los reflexivos o religiosos de arte, no hay duda, que padecen en tal promiscuidad.
Los que son tachados de simbolistas no tienen una sola obra simbolista. A Valle Inclán le llaman decadente porque escribe en una prosa trabajada y pulida, de admirable mérito formal. Y a Jacinto Benavente, modernista y esteta, porque si piensa, lo hace bajo el sol de Shakespeare, y si sonríe y satiriza lo hace como ciertos parisienses que nada tienen de estetas ni de modernistas. Luego, todo se toma a guasa. Se habló por primera vez de estetismo en Madrid y, dice el citado señor Llanas Aguilaniedo: «funcionó en calidad de oráculo la Cacharrería del Ateneo, donde se recordó a Oscar Wilde... Salieron los periódicos y revistas de la Corte jugando del vocablo y midiendo a todos los idólatras de la belleza, por el patrón del fundador de la escuela, abusándose del tema, en tales términos, que ya, hasta los barberos de López Silva consideraban ofensiva la denominación, y se resentían del epíteto. Por este camino no se va a ninguna parte».
En pintura el modernismo tampoco tiene representantes, fuera de algunos catalanes, como no sean los dibujantes que creen haberlo hecho todo con emplomar sus siluetas como en los vitraux, imitar los cabellos avirutados de las mujeres de Mucha, o calcar las decoraciones de revistas alemanas, inglesas o francesas. Los catalanes, sí, han hecho lo posible, con exceso quizá, por dar su nota en el progreso artístico moderno. Desde su literatura que cuenta entre otros con Rusiñol, Maragall, Utrillo, hasta su pintura y artes decorativas, que cuentan con el mismo Rusiñol, Casas, de un ingenio digno de todo encomio y atención, Pichot y otros que como Nouell-Monturiol se hacen notar no solamente en Barcelona sino en París y otras ciudades de arte y de ideas.
En América hemos tenido ese movimiento antes que en la España castellana, por razones clarísimas: desde luego, por nuestro inmediato comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo, y principalmente porque existe en la nueva generación americana un inmenso deseo de progreso y un vivo entusiasmo, que constituye su potencialidad mayor, con lo cual poco a poco va triunfando de obstáculos tradicionales, murallas de indiferencia y océanos de mediocracia. Gran orgullo tengo aquí de poder mostrar libros como los de Lugones o Jaimes Freire, entre los poetas, entre los prositas poemas, como esa vasta, rara y complicada trilogía de Sicardi. Y digo: esto no será modernismo, pero es verdad, es realidad de una vida nueva, certificación de la viva fuerza de un continente. Y, otras demostraciones de nuestra actividad mental—no la profusa y rapsódica, la de cantidad, sino la de calidad, limitada, muy limitada, pero que bien se presenta y triunfa ante el criterio de Europa: estudios de ciencias políticas, sociales. Siento igual orgullo. Y recuerdo palabras de don Juan Valera, a propósito de Olegario Andrade, en las cuales palabras hay una buena y probable visión de porvenir. Decía don Juan, refiriéndose a la literatura brasileña, sudamericana, española y norteamericana, que «las literaturas de estos pueblos seguirán siendo también inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el tiempo o tal vez mañana, o ya, salgan autores yanquis que valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra, ni impide tampoco que nazcan en Río de Janeiro, en Pernambuco o en Bahía escritores que valgan más que cuanto Portugal ha producido; o que en Buenos Aires, en Lima, en Méjico, en Bogotá o en Valparaíso lleguen a florecer las ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en Madrid, en Sevilla y en Barcelona».
Nuestro modernismo, si es que así puede llamarse, nos va dando un puesto aparte, independiente de la literatura castellana, como lo dice muy bien Remy de Gourmont en carta al director del Mercurio de América. ¿Qué importa que haya gran número de ingenios, de grotescos si gustáis, de diletanti, de nadameimportistas? Los verdaderos consagrados saben que no se trata ya de asuntos de escuelas, de fórmulas, de clave.
Los que en Francia, en Inglaterra, en Italia, en Rusia, en Bélgica han triunfado, han sido escritores, y poetas, y artistas de energía, de carácter artístico, y de una cultura enorme. Los flojos se han hundido, se han esfumado. Si hay y ha habido en los cenáculos y capillas de París algunos ridículos, han sido por cierto «preciosos». A muchos les perdonaría si les conociese nuestro caro profesor Calandrelli, pour l'amour du grec. Hoy no se hace modernismo—ni se ha hecho nunca—con simples juegos de palabras y de ritmos. Hoy los ritmos nuevos implican nuevas melodías que cantan en lo íntimo de cada poeta la palabra del mágico Leonardo: Cosa bella mortal passa, e non d'arte. Por más que digan los juguetones ligeros o los niños envejecidos y amargados, fracasa solamente el que no entra con pie firme en la jaula de ese divino león, el Arte—que como aquel que al gran rey Francisco fabricara el mismo Vinci, tiene el pecho lleno de lirios.
No hay aquí, pues, tal modernismo, sino en lo que de reflexión puede traer la vecindad de una moda que no se comprende. Ni el carácter, ni la manera de vivir, ni el ambiente, ayudan a la consagración de un ideal artístico. Se ha hablado de un teatro, que yo creí factible recién llegado, y hoy juzgo en absoluto imposible.
La única brotherhood que advierto es la de los caricaturistas; y si de músicas poéticas se trata, los únicos innovadores son—ciertamente—los risueños rimadores de los periódicos de caricaturas.
Caso muy distinto sucede en la capital del principado catalán. Desde L'Avenç hasta el Pèl & Ploma que hoy sostienen Utrillo y Casas, se ha visto que existen elementos para publicaciones exclusivamente «modernas», de una élite artística y literaria. Pèl & Ploma es una hoja semejante al Gil Blas illustré, de carácter popular, mas sin perder lo aristo; y siempre en su primera plana hay un dibujo de Casas, que aplauden lápices de Munich, Londres o París. El mismo Per Romeu, de quien os he hablado a propósito de su famoso cabaret de los Quatre Gats, ha estado publicando una hoja semejante, con ayuda de Casas, y de un valor artístico notable.