Nieta de Luciano, y por lo tanto, sobrina del emperador, ha recorrido en triunfo todas las cortes europeas, en tiempos en que su belleza era cantada por los más gloriosos poetas. Si esta señora publicase sus memorias, que es probable tenga escritas, serían de lo más interesante. Posee autógrafos, artículos, versos, cartas amorosas de las primeras personalidades de este siglo; y no sé hasta qué punto esté de acuerdo con George Sand, que en una ocasión, a propósito de la publicación de las cartas de Lamennais, la decía: «Yo pienso como Eugenio Sué, que los muertos continúan amándonos, pero nosotros les debemos aún más de lo que nos deben, sobre todo, a señalados muertos, tan ultrajados y calumniados en vida, por haber amado y procurado el bien. El excelente Sué se inquietaba por las negligencias de estilo de sus propias cartas y nos pedía las revisáramos. Si Lamennais hubiese visto de nuevo las suyas, habría corregido también. En fin, yo contradigo aún a nuestro pobre Sué, en esto: que debemos atenernos todos a no escribir una línea que no pueda ser mostrada y publicada. No quiero pensar en lo que llegarán a ser mis cartas. Quiero persuadirme de que cuando son íntimas no saldrán de la intimidad benevolente». ¡La pobre Sand, que ha sido tan traída y llevada cuando la publicación de su correspondencia, y no hace mucho, cuando la resurrección del famoso Pagello! Eugenio Sué había escrito antes a María Letizia: «Creedme, mi querida María, un hombre honrado no se ruboriza jamás de ver expuestas sus opiniones, sus acciones, o sus pensamientos... Cuando escribe un hombre de nuestra posición, un escritor, sabe bien que sus cartas son desgraciadamente autógrafos y que, dentro de veinte o cuarenta años, serán entregadas necesariamente a la curiosidad o a la simpatía, por la persona a quien han sido dirigidas, o por sus herederos. Ya lo habéis visto por Balzac. A cada carta íntima que escribía a vuestra madre, le ponía a la cabeza: Brûler, y vos obedecíais como ella a esta indicación, mientras que las demás no tenían nada indicado, como si él adivinara el papel posible que debían representar en tiempo más o menos lejano. Hay, sin embargo, un caso, en que el silencio más escrupuloso se exige, por las simples leyes del pudor, y es cuando las cartas han sido dirigidas a la mujer y no al escritor. La mujer de letras es excusable siempre, loable a menudo, cuando busca hacer conocer por su correspondencia a un amigo literario o político que haya pertenecido a su salón; es censurable y poco delicado cuando turba el silencio del cementerio por revelaciones amorosas».

La señora Rattazzi haría muy mal en no formar el más interesante de los libros con tanto valioso documento como posee. Siendo muy joven, tuvo el placer de que Alfredo de Musset la hiciera versos. Sainte-Beuve fué uno de sus galanteadores y el viejo Dumas llegó, en días de mayor gloria, a ser su amanuense, copiándole, ¡todo un drama! Con Ponsard, el flirt es innegable como lo demuestra este soneto:

Hier dans votre sein, ma montre est descendue;

Le pays lui parut sons doute bien orné,

Car pour voir chaque site elle a tant cheminé

Que la pauvre imprudente à la fin s'est perdue.

Elle battait bien fort, vous l'avez entendue,

Mais vous ne saviez pas que j'eusse imaginé

D'y renfermer au fond mon cœur emprisonné;

C'était lui qui battait sur votre gorge nue.