¡Buenos Aires! Hay que mirarlo de lejos para apreciarlo mejor. Aquí está la obra de los siglos y el encanto de un país de sol, amor y vino; París es París; las grandes capitales europeas nos atraen y nos encantan: pero

¡J'aime mieux ma mie, ô gué!


LA LEGACIÓN ARGENTINA EN CASA DE CASTELAR

10 de enero.

La legación argentina está situada en un elegante hotel de la calle Alcalá Galiano, núm. 6. Es en el barrio aristocrático de la Corte, el faubourg Saint-Germain de Madrid. Allí concurrí anoche, por amable invitación del ministro Quesada, que había quedado de presentarme a algunos «representativos» de la vida social e intelectual madrileña: en el arte, Moreno Carbonero; en el periodismo, el marqués de Valdeiglesias; estos dos me interesaban en gran manera. Fueron puntuales. Es el primero un tipo nervioso, delgado, de mirada inteligente, no revela al artista desde luego, pero cuando habéis hablado con él las iniciales palabras, la chispa ha saltado, iluminando, bajo un bigote fino y negro, una sonrisa bon enfant. El segundo, de pequeña estatura, rubio, calvo, comunicativo, meridional; de seguida se manifiesta el clubman, el mundano, el infaltable a las fiestas y reuniones de la aristocracia, el título reporter, que hace en su diario, La Época, lo que el príncipe de Sagán hacía en un tiempo en Le Figaro. La Nación estaba representada dos veces, pues a mi derecha, en la mesa de la casa argentina, tenía yo al estimado compañero Ladevese. Pocos momentos después, y ya la conversación versaba sobre nuestra Prensa y la española. Reconocía el marqués la inferioridad informativa, por ejemplo, de los diarios peninsulares, y explicaba cómo en España interesaba poco a la generalidad lo que sucede fuera de los términos de la tierra propia. No se sigue, como entre nosotros, el movimiento de los sucesos del mundo; del asunto Dreyfus, de lo que hay ahora de más sonoro en el periodismo universal, se publican unas pocas líneas telegráficas. Naturalmente, el interés público, en tiempo de la guerra, hizo aumentar la vida de los diarios, y la información tuvo su preferencia; telegrama recibió El Imparcial, o El Liberal que costó diez mil francos. Mi bonaerensismo se manifiesta; hago un rápido croquis del desarrollo y fuerza de La Nación; comento al Diario, etc. Y a propósito de corresponsales, se protesta por una carta que publica La Época del suyo de Buenos Aires, en que se dice, entre otras cosas, que todos andamos con el revólver en el bolsillo, y que no vayan más españoles a la República Argentina, pues son repetidos con frecuencia los casos en que hay que levantar suscripciones en la colonia para poder repatriar a los numerosos compatriotas que allá se mueren de hambre. De esos náufragos hay en todas partes; y, no hay duda de que aquel periodista exagera.