Pues, os digo que aun impera en mí el prodigio de la armonía y de la melodía, «elementos de la música más espiritual que el simple ritmo», de Hanslick, y jamás he visto alzarse sobre un trono más glorioso el alma suprema del gran Germano. Toda alma de artista, en esa noche, sintió allí clavada la espada divina del genio cual la que está en el fresno hundida hasta la empuñadura. Yo recordaba que uno de mis mayores disgustos había sido con un amigo cordial, de más corcheas que yo, pero a quien no podía demostrar mi sinceridad por Wagner delante de su obstinada sospecha de ver en mi amor profundo por ese orbe de poesía absoluta un mal pertrechado entusiasmo de snob... ¡Oh, no! Allí habéis sentido y pensado a Wagner los que sabéis y podéis sentirle y pensarle; y muchos de vosotros habéis ido a oir la Misa del Arte a la iglesia de Bayreuth. Pues aquí es mayor, incomparablemente mayor el número de los adoradores, de los verdaderos adoradores del santo culto que renueva a Pitágoras... y mi modesta afición, sin pretensión alguna, sin herir ninguna cuerda, ni soplar madera ni cobre, ha sido bien acogida. Se me ha dejado rezar, y eso basta. Madrid es capital que por su gusto musical se distingue, el Real es de los teatros señalados artísticamente, y entre otras cosas, existe una Sociedad de conciertos que puede enorgullecer a cualquier gran centro lírico. No es sino de entusiasmo la impresión que han llevado últimamente Saint-Saëns y Lamoureux. Pero ¿y La Walkiria?
La sala se dejó subyugar por la potencia sublime, desde los compases directores de la introducción, corta y llena de magnificencia, y las primeras frases de Siegmund—desgraciada y necesariamente traducido en Segismundo—hasta el momento final en que al golpe de la lanza brota el misterioso fuego, todo fué como el paso de un vasto huracán de mágicos números, de cadencias únicas, de revelaciones armoniosas; ya Siglinda surja, encarnación de portento, o Hunding truene o Siegmund en un solo ideal se lamente; o el dúo del amoroso y deleitoso y único amor de los dos hermanos se cristalice soberbiamente en la expresión del divino incesto: «Esposa y hermana eres para mí. ¡Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsas!» o Brunilda arrebate a Siglinda o pase la prestigiosa y sonora cabalgata, o por fin, Wottan, dando el sueño con un beso a la Walkiria, ordene el incendio al dios del fuego maravilloso. El conjunto se destaca como una selva mágica en la que casi sensible físicamente, el influjo del deus precipita nuestras emociones también en cabalgata magnífica e incontenible. Cada mente se siente abrasada, cada espíritu contiene a Gerilda, Waltranta, Schwerleita, Ortlinda, Helmwigia, Sigruna, Rosweisa, Grimguerda... Y el público de Madrid, en general, supo apreciar el don olímpico. Aunque hay quien afirme que del ciclópeo drama musical lo único que ha admirado son las bellezas de la cabalgata y del fuego encantado...
En la Comedia, el estreno de Los reyes en el destierro, como comprenderéis, extraída de la novela de Daudet. Autor de la pieza y gozador del triunfo y del provecho, Alejandro Sawa. De Sawa también os he hablado desde París—pues en verdad he sido yo el judío errante de La Nación—hace algunos años. Él fué quien me presentó a Jean Carrère, cuando la émeute de los estudiantes y los escándalos del café D'Arcourt, en el 93. Allá en París hacía Sawa esa vida hoy ya imposible, que se disfrazó en un tiempo con el bonito nombre de Bohemia. Es más parisiense que español y sus aficiones, sus preferencias y sus gustos tienen el sello del Quartier Latin. Lo cual no obsta para que sea casado, hombre de labor de cuando en cuando—y querido de todos en Madrid—. A su vuelta, después de muchos años, de Francia, ha sido recibido fraternalmente, y la suerte buena no le ha sido esquiva, pues con el arreglo que ha hecho ahora para el teatro, ha obtenido una victoria intelectual y positiva. Para Buenos Aires sé que no tengo que entrar a detallar o recordar los tipos especiales que se barajan en la producción del pobre Petit-Chose. Sólo diré que Sawa ha logrado hilvanar bien su scenario y tejer su juego con habilidad y con el talento que todo el mundo le reconoce.
Sawa—debo decirlo—continúa, a pesar de su triunfo, de su encantadora hijita y de su barba que anuncia ya la vejez entrante, tan formal como hace siete años. Me había prometido una escena de su obra para este correo, primicia muy agradable. En efecto, no le he vuelto a ver.
A Sellés sí le he visto, un día después del estreno de Los caballos. Es personal y literariamente muy simpático, y pongo el vulgar adjetivo porque así se comprenderá mayormente. Este académico de la Española es, sin duda alguna, el más juvenil de los inmortales; no el más joven, porque el conde la Viñaza y el poeta Ferrari son los benjamines. El más anciano ya se sabe que es Menéndez y Pelayo. Y he aquí que en un teatro de arte chico, de chulerías y cosas de esa guisa, se presenta Sellés con esta obra, parte de una trilogía que, según él deja decir, es simbolista. Altamente estimo al autor del Nudo gordiano, y sobre todo, su tendencia a hacer un teatro de ideas, aquí en la tierra del parlar y del inflar.
Pero crea el señor Sellés que es infantil, que es de una ingenuidad conmovedora el nombrar a Ibsen, o a Hauptmann, o a Sudermann, como alguien lo hiciera delante de mí, a propósito de sus obras. Llamar teatro simbolista al del señor Sellés, es como poner bajo las tentativas del dibujante Chiorino: «dibujo prerrafaelita». En el teatro de Antoine, en el de l'Œuvre, su obra difícilmente habría sido admitida; porque el reconocer su castiza y propia lengua no significa en este caso nada; cuando se quiere hacer obra de ideas no se hace obra de palabras. Esta pieza, como dejo apuntado, pertenece a una trilogía, cuya primera parte ha sido puesta en escena por Novelli. Hay una tendencia social que se ruboriza de su mismo impulso a la libertad futura. Parece que no ha estudiado el señor Sellés como debía el más arduo de los problemas contemporáneos, y el anarquismo «para familias» que ha procurado presentar en su pieza, no provocará en los intelectuales sino una sonrisa. El río es más vasto y más profundo; y, para citar un tipo, venir a encarnar en el maestro de escuela, en España, la tendencia salvadora de la obra social—¡aquí donde el pobre maestro de escuela es sinónimo de atorrante!—, es simplemente inefable. La tela paradojal está bien bordada de oro fino castellano; la forma regocija el amor patrio gramatical, y el poeta es el poeta de siempre. Aquí se da del cher maître; y yo le digo por eso: Querido maestro, sus caballos se han desbocado, pero... à rebours.
Y el miércoles próximo en el Español, estreno de Cyrano de Bergerac. Nada diré hasta después de la representación; pero os mando los versos que me encargara la revista Vida Literaria con tal motivo.
CYRANO EN ESPAÑA
He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa