Primero ha sido el talento de Rostand y después han llegado los miles de francos; y en cuanto a Cyrano de Bergerac, si como en el diálogo de Cávia se encontrase en la villa y corte a estas horas buscaría en vano la hidalguía de Quevedo y se volvería a su París, con Dreyfus y todo.
Pero, hablemos del estreno.
Un escritor de la nueva generación y de un talento del más hermoso brillo—he nombrado a Manuel Bueno—ha escrito que «el nombre de Cyrano de Bergerac parece un reto». «Hay—dice—en las seis sílabas que lo componen, un no sé qué de ostentoso atrevimiento que desafía». Ello es un hecho, que al oído se comprueba sin necesidad de haber leído el Cratilo de Platón. Entre las letras que componen ese nombre suenan la espada y las espuelas, y se ve el sombrero del gran penacho. ¿Y admitirás que el nombre es una representación de la cosa?—pregunta Sócrates en el diálogo del divino filósofo—Cratilo asiente. Cyrano tiene un nombre suyo como Rodrigo Díaz de Vivar, como Napoleón, como Catulle Mendés. Los nombres dicen ya lo que representan. Pues ese poeta farfantón y nobilísimo, de sonoro apelativo, debía ser bien recibido en un país en donde por mucho que se decaiga, siempre habrá en cada pecho un algo del espíritu de Don Quijote, algo de «romanticismo». ¡Romanticismo! «Sí—clama Julio Burell—romanticismo. Pero hoy el romanticismo que muere en Europa revive en América y en Oceanía. Cyrano de Bergerac—una fe, un ideal, una bandera, un deprecio de la vida—se llama Menelik en Abysinia, Samory en el Senegal, Maceo en Cuba y en Filipinas Aguinaldo...»
Verter el prestigioso alejandrino de Rostand al castellano era ya empresa dificultosa. Ni pensar siquiera en conservar el mismo verso, pues hay aquí crítica que aseguraría estar escrita en «aleluyas» la Leyenda de los siglos. Todo lo que no sea en metros usuales, silva, seguidilla, romance, sería mal visto, y renovadores de métrica como Banville, Eugenio de Castro o D'Annunzio, correrían la suerte del buen Salvador Rueda... Los tres catalanes—Martí, Vía y Tintorer—que tradujeron la obra, se fueron directamente a la silva y al romance; y ni siquiera intentaron poner en versos de nueve sílabas la balada o la canción llena de gracia heroica y alegre:
Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux
Bretteurs et menteurs sans vergogue
Ce sont les cadets de Gascogne...
y tan desairadamente se convirtió en: