El cuarto es el del campamento, admirablemente puesto; los cadetes hambrientos; Castel Jaloux—muy bien esculpido por Cirera—y Cyrano, figuras sobresalientes; y la escena hermosa del pífano conmueve al auditorio... Ah, los alejandrinos de Rostand; pero la silva sigue haciendo lo que puede, y el espíritu triunfa. Y he ahí a Roxana; aparece en la carroza que sabéis, con el buen Ragueneau, de cochero, que enarbola su látigo de salchicha; el lunch inesperado; la llegada de De Guiches, el diálogo de Roxana y Christian, la nobleza de ese cordial sin talento; triunfo del alma de Cyrano; la lucha; la muerte de Christian; y, con el pañuelo de Roxana por bandera, el combate con los españoles; el triunfo de éstos; y la pregunta; «¿Quiénes son esos locos que así saben morir?», con la respuesta de Cyrano.
Ce sont les cadets de Gascogne,
de Carbon de Castel-Jaloux...
Ciertamente os digo, que todo eso fué merecedor de la tormenta de aplausos y exclamaciones que coronó el acto. Para llegar al último, suave, otoñal, crepuscular, vespertino, a la caída de las hojas. De esos adjetivos tomad el que gustéis para la figura de María Guerrero, de religiosa, con su toca como una gran mariposa negra sobre la frente—Cyrano llega a morir, después de tantos años de silenciosa pasión, delante de la que ama; y en una escena de delirio glorioso y melancólico, al amor de la luna triste. La lune s'attristait... Y yo no he visto a Coquelin, ni a Richard Mansfield, los dos mejores Cyranos, como que el uno es el acreedor y ha encarnado su «alma» según dice Rostand en la dedicatoria; pero Díaz de Mendoza ha creado bravamente, muy bravamente su papel; y, como le dice en una carta cierto linajudo marqués, al artista grande de España: «Si hasta ahora fuiste el cómico de los señores, desde ayer eres el señor de los cómicos». He ido a saludarle al «saloncillo» en un entreacto, a ese saloncillo de descanso en donde los infaltables Echegaray, Llana, Ladevese y otros más, hacen su tertulia todas las noches, rodeados de retratos de autores y presididos por la gracia de María Guerrero. Y he encontrado al hidalgo entusiasta del arte, y que, signo de su tiempo, lo es altivamente y gallardamente, sobre preocupaciones de linaje, siguiendo una vocación imperiosa y pudiendo agregar a sus armas de conde de Bazalote las dos máscaras.
El aparecimiento de Cyrano de Bergerac, en estos momentos podría ser y debía ser saludable y reconfortante. A propósito de estos actores, recuerdo que Paul Costard hizo una muy atinada observación. La de que Cervantes se hubiese arrepentido de su victoria contra la bella locura de la caballería. Don Quijote, después de todo, no es más que la caricatura del ideal: y sin ideales, pueblos e individuos no valen gran cosa. Ni Cyrano habría cedido a las añagazas de los políticos de la débâcle «¡Non merci!» ni quien se quedó manco en Lepanto habría quedado sin perecer glorioso en Cavite o en Santiago de Cuba. El espíritu sanchesco sirve de lastre a las almas nacionales o individuales, impide toda ascensión; el romántico espíritu de la caballería es capaz de convertir a un seco y aritmético yanqui en un héroe, a un cow-boy en un Bayardo. Y por el contrario, todo pueblo, como todo hombre que desdeña el ideal, esto es el honor, el sacrificio, la gloria, la poesía de la historia y la poesía de la vida, es castigado por su propio olvido. A través de las lanzas prusianas se ve pasar el cisne de Lohengrin, y mientras España fué caballeresca y romántica, siempre tuvo la visión del celeste caballero Santiago. Esta triste flacidez, esta postración y esta indiferencia por la suerte de la patria, marcan una época en que el españolismo tradicional se ha desconocido o se ha arrinconado como una armadura vieja. Los politiciens y los fariseos de todo pelaje e hígado prostituyeron la grande alma española. Y aun la religión, que ha perdido hasta su vieja fiereza inquisitorial en la tierra fogosa de los autos de fe, se convirtió en una de las ventosas cartaginesas que han ido poco a poco trayendo la anemia al corazón de la Patria; y si por el sable sin ideales se perdieron las Antillas, por el hisopo sin ideales y sin fe se perdieron las Filipinas. Y el honor, ¿por qué se perdió? Creo que el fuerte vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un periódico de Madrid de modo que fué bien escuchado su grito: ¡Muera don Quijote! Es un concepto a mi entender injusto. Don Quijote no debe ni puede morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo. Un tiempo se llamó el Cid, y aun muerto ganó batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su Dulcinea fué la América. Cuando esto se purifique—¿será por el hierro y el fuego?—quizá reaparezca, en un futuro renacimiento, con nuevas armas, con ideales nuevos, y entonces los hombres volverán a oir, Dios lo quiera, entre las columnas de Hércules, rugir al mar, con sangre renovada y pura, el viejo y simbólico león de los iberos.
LA CORONACIÓN DE CAMPOAMOR
19 de febrero.